jueves, 31 de diciembre de 2009

2010

Felicesmentirasnuevas!Ypunto:)

martes, 29 de diciembre de 2009

Hipocresía??

"Exageráis la hipocresía de los hombres. La mayoría piensa demasiado poco para permitirse el lujo de poder pensar doble."
Marguerite Yourcenar

domingo, 27 de diciembre de 2009

La palabra prohibida

-¿Qué opinas Pablo? Yo creo que es lo más lógico. Al fin y al cabo llevamos ya juntos cinco años y estamos pagando dos alquileres sin sentido. Además ya tenemos más de treinta años, creo que está bien que sentemos la cabeza.-
Yo no escuchaba a Marta. Había oído lo que me había dicho justo antes de aquella frase, pero el resto no llegó a entrar en mi cabeza.
Después de un rato de silencio, Marta cogió el vaso con el que estaba jugando nerviosa y apuró de un trago lo que le quedaba de cerveza.
-¿No vas a contestarme?- Preguntó levantando los ojos de la mesa. Tenía los ojos tristes, parecían cansados. En otras ocasiones, esos ojos castaños brillaban con mucha fuerza, como la madera barnizada.
-Es que no sé que decir la verdad. No sé si es una buena idea.-
Yo noté que se había decepcionado, solo fue un segundo, luego cambió de expresión y forzó una sonrisa. La conocía lo suficiente como para saber cuando estaba fingiendo las sonrisas. De repente, aquella taberna de Alonso Martínez me pareció muy silenciosa. Era como si todo el mundo se hubiese callado y me mirase, esperando que yo contestara que sí, que sí que quería vivir con Marta, que quería que pagásemos juntos el alquiler, que compartiésemos gastos, que tuviésemos una cuenta juntos, que amueblásemos las habitaciones, que hiciéramos cenas de parejas, etc. Ella lo había dicho, era lo lógico.
-Bueno, yo creo que debes pensarlo más cariño.- Dijo acariciándome la mano. Me rozó la muñeca y me pareció que quería agarrármela, pero la retiré. Ella no pareció darse cuenta. Se colocó un rizo moreno tras las orejas con aquella mano. –Ahora tengo que irme al trabajo, ¿Quedamos mañana y me dices que has pensado?- Hizo una pausa. -¿Tienes miedo?-
Seguía sin escucharla, pero como me miraba muy fijamente contesté.
-Mañana hablamos.- Deseé que ella no notara cuando yo forzaba las sonrisas.
Marta se levantó, me besó en el pelo y se marchó sin decir nada. Yo me quedé allí un tiempo, sin ganas ni siquiera de terminarme la cerveza. Las paredes de la taberna eran de cristal y yo podía ver a la gente yendo y viniendo entre las obras de la plaza de Santa Bárbara. Había varios obreros y unas cuantas grúas trabajando, pero, sin embargo, yo no escuchaba nada. Más allá de la gente yo podía verme reflejado en aquel cristal. Todo seguía en su sitio: los ojos verdes, el pelo corto y despeinado, el jersey de cuello vuelto y los vaqueros. Incluso el anillo de plata seguía sujeto al dedo índice, pero, sin embargo, yo tenía la impresión de que algo había cambiado. Lo peor de aquella sensación era que tenía la certeza de que aquel cambio nunca volvería a deshacerse.
Quería a Marta como nunca había querido a nadie, pero sin embargo, ella no podía ver más allá de las palabras que yo le decía. Jamás había conocido a nadie que aprendiese a leer entre líneas. Yo sabía que la persona con la que yo compartiese mi vida tendría que saber escucharme decir aquello que nunca decía. No era un capricho mío, era culpa de mi abuela.
Mi abuela paterna se llamaba Clotilde y era transparente como aquellas ventanas. Por culpa de eso, decía ella, la gente había conseguido hacerle siempre mucho daño. Solía pensar que si la gente no puede saber como eres, no sabe lo que realmente te hace daño y les resulta más difícil hacértelo. Por eso, y porque era un poco bruja, o eso decía, nos impuso el don de no poder pronunciar aquella palabra que mejor nos definía. Ella creía que era una bendición, pero para mí no. Si alguien no sabe como eres, no puede hacerte daño, pero tampoco puede conectar contigo. Yo intentaba por todos los medios darme a conocer, intentaba dar rodeos a la dichosa palabra, pero nadie conseguía nunca entenderme.
A mi hermana Rosa le pasa lo mismo. Ella no puede pronunciar la palabra nata. Lo descubrimos un día en una pastelería. Para nosotros es más fácil darnos cuenta, porque sabemos que hay una palabra que no puede decir. Cuando la dependienta le preguntó que de qué quería el bollo, mi hermana se quedó paralizada, con la boca abierta, se puso muy roja y finalmente dijo que prefería una palmera de chocolate. Luego fui fijándome en ella, en su forma de ser y entendí porque no podía pronunciar la dichosa palabra. Mi hermana Rosa es la persona más dulce que te puedas imaginar, tanto que siempre terminamos empalagados de ella. Además, por un problema de melanina, es la más pálida de la familia. Hasta ese momento no supimos que la palabra prohibida podía tener connotaciones físicas también. Siempre he pensado que si mi hermana tomase más el sol, podría decir la palabra nata, pero no chocolate. Y es que se han dado casos, que la palabra ha ido evolucionando a la vez que la persona. Mi tía Encarna, por ejemplo, de pequeña no podía pronunciar la palabra vergüenza, sin embargo, tras unos meses que pasó en el extranjero, volvió nombrando esa palabra a todas horas, por lo que entendimos, que mi tía ya no era más una persona tímida.

Salí de la taberna y me fui a casa. Yo tenía un problema muy grave con mi palabra. Mi familia creo que sí que sabía cual era. Mi madre por lo menos. Recuerdo cuando venía a arroparme a la cama y me decía: “No te preocupes, no te va a pasar nada porque la luz esté apagada. Y si vienes a dormir conmigo, no te pediré explicaciones”. Sí, ella sí lo sabía. Mi madre siempre tuvo buen ojo para nuestro secreto. A veces creo que mi padre se casó con ella solo porque había adivinado la palabra que no podía decir. Por eso mi madre no era como los demás. Si mi madre hubiese estado también afectada por la maldición de la abuela Clotilde, no podría decir la palabra excepcional, estoy seguro. Y yo quería alguien excepcional para mí también. Yo quería a alguien que aprendiera a verme como soy sin que yo tuviese que decírselo. ¿Y Marta era esa persona? No lo sabía. No estaba seguro, todo podía salir mal. Ella podía descubrir como era en realidad y marcharse, o enfadarse porque no había sido sincero con ella. Era arriesgarse demasiado, tenía que decirle que no podíamos vivir juntos hasta que no estuviese seguro.
Pensé en llamar a mi madre para pedirle consejo, pero seguramente se pondría mi padre al teléfono y no quería hablar con él. Mi padre era una persona muy severa y nunca había tolerado que yo tuviese dudas o que me equivocase y no tenía ganas de oír lo que tenía que decirme sobre mi relación con Marta. Mi padre no podía decir la palabra exigencia, porque él era en sí una exigencia. Se exigía a sí mismo, exigía de mi madre y exigía de nosotros. Mi madre lo supo en cuanto le vio y mi padre simplemente había caído rendido a sus pies. No, no podía afrontar el fracaso de decirle a mi padre que tenía dudas después de cinco años de relación. Me diría que no tenía claro lo que quería, pero eso no era cierto, yo sabía exactamente lo que quería, lo que no sabía era si Marta cumplía o no cumplía esas expectativas. Creo que mi padre pensaba que yo no podía decir la palabra duda, pero se equivocaba. Desde luego nunca iba a decirle a mi madre que se lo dijera. Probablemente mi padre se decepcionaría más si se enterase de la verdadera palabra que no podía decir, así que prefería que pensase que era un indeciso antes de imaginar siquiera lo que me diría con la palabra verdadera. No, definitivamente no podía llamar a casa.
Recuerdo que aquella noche no cené. Tal y como estaba podía sentarme mal cualquier cosa. Tampoco dormí casi. Tenía la impresión de que si permanecía despierto, el momento de decidir no me cogería desprevenido y podría pensar toda la noche. Nada más llegar a casa encendí las luces y el televisor y me senté en el sofá, de lado a la tele, a contemplar la calle desde la ventana. A pesar de que quedaban más de doce horas, me parecía que las cinco de la tarde estaban apunto de echarse encima de mí y para entonces, tendría que haber decidido. Me imaginé la casa con Marta allí. Intentaría dormir con la luz apagada, eso seguro, pero yo no podía hacer tal cosa. Hasta ahora, siempre lo había llevado bien cuando habíamos dormido juntos. Marta se dejaba encandilar con conversaciones nocturnas profundas, que a mí me encantaban, y nos manteníamos en vela hasta que amanecía, hora en la que yo podía dormir tranquilamente con la luz de la ventana. Nunca se había quejado, pero yo sabía que no podría mantenerla despierta todas las noches y quizás no fuese capaz de dormir con las luces encendidas. ¿Por qué teníamos que cambiar si hasta ahora iba bien? Entendía sus motivos, pero ella no me entendía a mí. ¿Cómo iba a poder saberlo? Esta situación me recordó a otra noche que había pasado en vela viendo la noche por la ventana. En aquella ocasión Marta había querido comprar un coche entre los dos. No recuerdo como, pero conseguí hacerla entender que odiaba los coches, que no pensaba subirme a ninguno. Le dije que no andaba muy bien de dinero y que sería mejor esperar, pero, sin embargo, nunca volvió a intentar hacer que me subiera a uno. Si no se podía ir en coche o en bicicleta, prefería no ir.

Antes de que me diera cuenta, me había quedado dormido sobre el sofá. Cuando desperté eran las diez de la mañana y tenía un mensaje de texto de Marta. No quise abrirlo y me fui a la ducha. El tacto de la alfombrilla antiresbalones me pareció más frío de lo normal. Me duché con agua templada tratando de no pensar en nada y salí de la bañera. Al agarrarme en la barra metálica que me había regalado Marta, volví a pensar en ella. Yo siempre decía que un día me mataría al salir de la ducha y ella había aparecido con aquella barra y con las herramientas para colgarla.
No sabía si comer algo o no así que decidí dar una vuelta por el cementerio para ver la tumba de la abuela. Quizás estando junto a la culpable de aquella situación podría ocurrírseme la manera de solucionarlo. El paseo hasta el cementerio me llevó una hora. No hacía mucho frío, pero por si acaso, me puse la bufanda y los guantes. Aquellos guantes también me los había regalado Marta tras un artículo que había visto yo en un periódico sobre la manera de contagiarse que tenían determinadas enfermedades a través de las manos. Pensé con cariño en Marta. Lo cierto es que sí me escuchaba. El problema era que no escuchaba lo que no decía, sólo lo que yo pronunciaba y yo no necesitaba eso, necesitaba otro tipo de oyente. Aunque me había regalado los guantes y la barra. Y la verdad es que había aguantado despierta todas las noches y había aceptado mis planes de vacaciones mochileras sin vehículos con motor.

La tumba de mi abuela estaba limpia, de eso se encargaba siempre mi padre, y tenía un ramo de flores frescas. Me atreví a quitarme un guante para acariciar el mármol. Después, volví sobre mis pasos, sin quedarme allí mucho tiempo y regresé a mi casa. Por el camino me di cuenta de que no llevaba los guantes puestos, debía habérmelos quitado al salir del cementerio. No sentí frío así que no me los puse. Al salir del cementerio recordé el restaurante donde nos llevaba a comer mi padre todos los uno de noviembre, cuando veníamos a ver a la abuela Clotilde, y decidí parar a comer allí. Me entretuve charlando con el dueño sobre mis padres y poniéndole al día sobre sus vidas. Habían perdido el contacto cuando mis padres se mudaron de casa y se cambiaron el teléfono. Le di el nuevo número y les llamamos desde el bar. Sólo estaba mi padre, pero no me dijo nada de Marta. Finalmente, el dueño me invitó a la comida. Salí de allí y me fijé en la hora. Quedaban veinte minutos para la cita con Marta y no llegaría a tiempo. Saqué el móvil para llamarla y recordé el mensaje de texto que me había enviado y que yo no había abierto. Lo abrí y lo leí antes de llamarla. Decía: “No me queda casi batería, he salido antes, estaré en la taberna a las cuatro y media. Te quiero.”
Por si acaso, la llamé, pero el teléfono estaba apagado. Miré a los lados de la calle, nervioso. No había manera humana de llegar a tiempo caminando, ya llegaba diez minutos tarde. Un coche se acercó despacio por el final de la calle. Desde donde estaba pude ver que se trataba de un taxi. Mi pulso se aceleró. Era la única alternativa. Sabía que si me lo pensaba no sería capaz de hacerlo así que lo paré en cuanto estuvo a mi altura y me metí en la parte de atrás con los ojos cerrados.
-A la plaza de Santa Bárbara por favor.-
Diez minutos después, me bajé del taxi justo cuando Marta salía entristecida de la taberna y se acercaba hacia el metro. Llevaba puesto un tres piezas rojo, y los rizos morenos le caían sobre la cara. Me vio salir del taxi y se quedó helada.
Me acerqué y la besé en los labios.
-Sí, quiero que vivas conmigo.- Dije sonriendo.
-¿Sí? ¿De verdad?- Preguntó realmente sorprendida.
-Sí.-
Sonrió y me besó.
-Pensé que dirías que no. Pensaba que tenías miedo.-
-Si, sé que lo sabías.- Sonreí. –Pero contigo ya no tengo…-Dudé un segundo.- contigo ya no tengo miedo.-

viernes, 25 de diciembre de 2009

NavidaZ

Felices mentiras a todos!

(y punto)

martes, 22 de diciembre de 2009

Bad romance!

Simplemente, me encanta este vídeo, sé que no tiene nada de navideño pero bueno, al menos me distrae...

domingo, 20 de diciembre de 2009

Reflejo VIII

Ella se acercó, primero su perfume, luego su cuerpo.
Su olor intentó seducirme, llegó imponente, luego se alejó para que yo me acercara… y lo hice.
-Me llamo Laura.- Dijo.
Olía a coqueteo, a flirteo en un bar. Digo yo que sonreía, o puede que no y todo me lo estuviese imaginando. Puede que ni siquiera se llamara Laura.
Yo solo veía aquello que su olor me susurraba al oído.
-Bésala en el cuello.- Me dijo.
Y en el cuello la besé.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente

NINGÚN AMOR CABE EN UN CUERPO SOLAMENTE

Eugenio Montejo

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque abarquen sus venas el tamaño del mundo,
siempre un deseo se queda fuera,
otro solloza pero falta.

Lo sabe el mar en su lamento solitario
y la tierra que busca los restos de su estatua;
no basta un solo cuerpo para albergar dos noches,
quedan estrellas fuera de la sangre.

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque el alma se aparte y ceda espacio
y el tiempo nos entregue las horas que retiene.
Dos manos no nos bastan para alcanzar la sombra;
dos ojos ven apenas pocas nubes
pero no saben dónde van, de dónde vienen,
qué país musical las une y las dispersa.
Ningún amor, ni el más huidizo, el más fugaz,
nace en un cuerpo que está solo,
ninguno cabe en el tamaño de su muerte.

martes, 15 de diciembre de 2009

La película de Dimitri

Oscar apagó el limpiaparabrisas y quitó la llave del contacto. Se quedó escuchando la lluvia mientras el sonido del motor iba poco a poco desapareciendo.
No llovía mucho, en Madrid siempre pasaba igual con el otoño, un par de aguaceros, una tormenta de algunas horas y de nuevo en primavera. El aire era otra cosa. Dentro del coche, Oscar podía escucharlo silbando a su alrededor, algo normal en Los Santos de la Humosa. Contempló el paisaje que se abría ante él disfrutando de la soledad. A aquellas horas de la tarde, con el sol aún por desaparecer, las parejas no habían acudido al mirador a disfrutar de unas vistas románticas, cosa que Oscar agradecía. Llevaba dos días sin poder soportar la visión de parejas enamoradas. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el volante.
Unas semanas antes, Oscar nunca hubiese hecho eso. No lo de ir al mirador, eso solía hacerlo cada semana, aunque nunca sólo, sino lo de apoyar la cabeza en el volante con los ojos cerrados. Bueno, hay que admitir, que antes Oscar nunca había estado enamorado. Todo era culpa de Aurora y de su pelo negro.
Abrió los ojos porque si los tenía cerrados sólo podía verla a ella. Ni siquiera era guapa, pero tenía una mirada tan intensa y unos labios tan sensuales que era imposible no enamorarse de ella. Si cerraba los ojos, Oscar tenía la impresión de poder tocarla si alzaba la mano, de que podía acariciar de nuevo su cuello y agarrarla por detrás de la cabeza, enredando sus dedos en el pelo para atraerla junto a él.
La noche que estuvo con Aurora en el mirador, no llovía. Ella llevaba un vestido marrón bastante corto con unos legis de color negro. Recordaba el nerviosismo con el que le había desabrochado el cinturón y con el que había deslizado cada tirante del vestido para dejar al descubierto sus hombros.
¿Por qué había vuelto al mirador? Ahí había pasado las dos mejores noches de su vida junto a Aurora, y a pesar de ello, ahora que la echaba de menos, volvía al mismo lugar, para imaginársela, o para intentar revivir algo de la esencia que había quedado impregnado allí.

Se preguntó cuando se había jodido todo. Él era capaz de precisar con claridad en qué momento se había roto la magia en cada una de sus relaciones. Siempre había algo que hacia que un resorte saltara en su cabeza y dijera: “Cuidado, se está enamorando de ti y tú de ella no”. Y aquella voz siempre tenía razón. Como con Sara. Dos días después del fin de semana, recibió una llamada suya y varios mensajes al móvil. Oscar se había dejado el teléfono en casa, pero al comprobar la impaciencia y la perseverancia de Sara, una lucecita se encendió en su cabeza: “Cuidado, puede ser una sicópata”. Y sin explicación ninguna, no volvió a llamarla ni a saber de ella. El disgusto le duró poco, después vinieron Berta y Candela, pero el disgusto también duró poco. Hasta que conoció a Aurora.
¿Le había vibrado el móvil? Lo sacó del bolsillo y lo comprobó. No, nadie había llamado. Subió el volumen al máximo, no fuera a ser que no se enterase si Aurora llamaba y dejó el móvil en el asiento del copiloto. A Aurora no le interesaba ni el Peugot descapotable de Oscar, ni su móvil de última generación, ni sus ojos verdes, ni la cicatriz que tenía en la mejilla. Eso era lo que más intrigaba a Oscar. ¿Qué narices le interesa a ésta? Pero al instante se arrepentía de llamarla ésta. Puede que también se haya dejado el móvil en casa. ¿Durante dos días? Puede que se le haya roto, o que lo haya perdido, o que se le haya borrado la agenda. Pero el móvil da señal, luego está encendido. ¿Da señal seguro? Si lo ha perdido, puede estar en cualquier parte y que la batería se esté agotando poco a poco. Puede ser, ella tampoco dijo que quisiera volver a verme. Tú tampoco se lo dijiste a ella y aquí estás. Ya bueno, ¿Por qué no me devuelve la llamada? ¿Seguro que tengo bien el número? El último mensaje se lo mandé a las dos, quizás aún esté durmiendo la resaca, esperaré a las cinco y llamaré de nuevo.
Miró su reloj, eran las cuatro y cuarto.

Sara ni siquiera esperó a que saliera de trabajar. Le estuvo acosando a toques, llamadas y mensajes hasta varios días después de tomar la decisión de pasar de ella. Elena había sido más comprensiva. Habían echado un par de polvos, se habían reído mucho en el cine una noche y ninguno de los dos había vuelto a saber del otro. ¿Se llamaba Elena? Quizás si que había querido saber algo de él, pero era la época en la que tenía la costumbre de dar el número falso, puede que Elena fuera una de las chicas a las que se lo dio. Ahora era más valiente, daba el verdadero y solía decir a la cara que no quería saber nada de nadie.
La angustia le volvía a veces al cuerpo como la marea. Desde que le había mandado el mensaje, estaba mucho más tranquilo porque tenía confianza en que le contestaría tarde o temprano, pero a medida que el tiempo iba pasando, esa confianza iba desapareciendo y se colocaba en su lugar una desazón interna. La angustia iba poco a poco creciendo, como la marea, hasta que se desbordaba, como la marea, y caía en la tentación de mandarla otro mensaje. Puede que no lo haya oído.

Decidió fumarse un cigarro para tratar de no pensar. Encendió el contacto y abrió un poco la ventanilla mientras apretaba el botón del mechero del coche. El aire frío de noviembre se coló por el pequeño resquicio e inundó todo el vehículo. Oscar sintió un escalofrío, pero no cerró la ventanilla, prefería el frío al humo. Encendió el cigarro y quitó el contacto. El viento iba en la otra dirección y las gotas de lluvia no entraban por la ventana. Sólo entraba el frío. A las dos caladas volvió a pensar en Aurora. Tenía que haber hecho algo mal. Sara lo hizo, Sara le llamó demasiadas veces, Sara fue muy pesada, Sara le agobió. Él no había sido así, él tenía razones para escribirla, para preocuparse. O al menos eso pensaba. ¿Por qué iba a estar agobiada ella? Si él no lo estaba y era el rey del agobio, no entendía como ella si que podía estarlo. Además, para él no era una estupidez, no la llamaba porque sí, era una necesidad, lo necesitaba, necesitaba oír su voz hablándole de nuevo de cine ruso y de libros que no se podían comprar el librerías normales. Oscar sólo leía porno, y no siempre, que la mayoría de las veces se limitaba a verlo en Internet, pero sin embargo, había sentido curiosidad. No iba a leer, por supuesto, pero podía escucharla hablando de libros raros.
Sonó el teléfono. Apagó el cigarro aún a la mitad y cogió el móvil con nerviosismo. Era Carlos. Probablemente querría saber que harían aquella noche y quien se encargaba de comprar la bebida. Colgó el teléfono con brusquedad. Lo único que faltaba era que si Aurora llamaba se encontrara la línea ocupada por Carlos. Había pensado decirle a su amigo que aquella noche fueran por los bares en los que podía cruzarse con ella, pero no sabía muy bien para qué hacer esto. ¿Qué le diría? ¿Y si la encontraba con otro? Tenía que decidir ya. Lo peor era la incertidumbre. Si al menos Aurora le mandara a la mierda, podría emborracharse en paz aquella noche y llevar a otra diferente al mirador. No, nunca podría traer a nadie más al mirador. Aquel mirador era de Aurora. Antes de dejar el móvil, marcó el número de ella y espero escuchando los tonos. Un tono. El corazón contenía la respiración. Otro tono. Tenía tentaciones de colgar. Más tonos ¿Y si contestaba tarde? Último tono. Podía no tener saldo. Un pitido. La voz de una operadora salió del teléfono, asustándolo. No era Aurora, sólo le decía que el teléfono no contestaba. Como si él no lo supiera. Dejó el aparato a un lado. Eran las cuatro y media.

El viento cambió de dirección y varias gotas se colaron en el coche, salpicando la cara de Oscar y resbalando perezosas por el cristal. Subió la ventanilla y resopló por la nariz.
Eso no era justo. Aurora debería como mínimo mandarle un mensaje. Uno corto, que sólo dijera: “Vete a la mierda”. O “Déjame en paz”, o cualquier cosa de esas que dicen las mujeres cuando no quieren que te acerques. ¿De qué valían las horas en el gimnasio si Aurora no llamaba? Podía coger la agenda, empezar por una letra y en seguida tendría dos o tres tías dispuestas a subir con él al mirador y hacer lo que quisiera. Pero no quería eso. Eran todas iguales, pendientes dorados de aro en las orejas, piercing en los labios, la raya del ojo hasta las patillas, minifaldas, botas altas, chaquetas con pelo en la capucha, comiendo chicle, camisetas de colores chillones dejando ver más de lo que deberían. Todas, desde Ana hasta Zulema. Follarse a una era follárselas a todas. Además no quería follar. Quería escuchar a Aurora hablando de cine. Todas eran iguales, menos Aurora. Sara tampoco era igual, Sara le había gustado, pero la había cagado. Sara tendría que saber que la había cagado, por eso no se molestó en darle explicaciones. Como Aurora. Aurora también debía saber que Oscar la había cagado, que no quería saber nada más de él. Pero Oscar no lo sabía. Quizás Sara tampoco lo sabía. Pues Sara si se merecía saberlo, al menos no vivir con la incertidumbre con la que vivía él.

¿Fue la música house? Ella había torcido la nariz al subirse en el coche y escucharla. El equipo de sonido tampoco la había impresionado. Prefirió quitar la música, escucharse el uno al otro. Pero si ni siquiera era guapa. Tenía las tetas pequeñas además. ¿Cómo se llamaba el director de cine ruso al que iba a ver este fin de semana? Podría presentarse en el cine. Seguro que no había mucha gente. ¿Dimitri? Es el único nombre ruso que sabe así que si no es Dimitri no es ninguno. Podría buscarlo por Internet. Joder que tías más raras. Seguro que ahora se está follando algún gafapasta en los baños de un cine de segunda mientras gimen en ruso. Sara al menos no protestó por la música y sonreía mucho. ¿Y si Sara no sabe que la cagó? Desde luego Oscar no la iba a cagar más. Había aprendido la lección. Antes de poner música, se pregunta. Y si alguien la caga, se le dice.
No como Aurora, que tía más rara. Sara era más normal, pero no llevaba piercing en los labios. Mejor. Oscar quería quitarse el de la ceja.
Carlos volvió a llamar. Carlos sí llevaba piercing. Esta vez contestó, había perdido la esperanza de que fuera Aurora. Se sentía abatido y arrepentido. Abatido por comprender que no había más de donde tirar y arrepentido porque se daba cuenta de que se estaba arrastrando por una tía. Le dijo que aquella noche no pensaba salir, que tenía planes con una chica. Carlos le preguntó si iba a ir al mirador con un tono bastante estúpido y una risita al final, Oscar le mandó a paseo y colgó.
Buscó un teléfono en la agenda y llamó. Aún no sabía muy bien que decir.
-¿Sara? Sí, soy Oscar.- La chica contestó. –Claro, no, normal que lo borrases, ¿Puedes hablar un segundo?- Otra contestación. –Sí, es rápido. Escucha, siento mucho haber desaparecido sin dar señales de vida. La verdad es que tenía un cacao increíble en la cabeza y…- Una interrupción.- En serio, no es una excusa. Sí, si me dejas te lo explico mejor.- Silencio y contestación. –Esta noche si quieres, pero sólo si quieres o te viene bien.- Contestación. –No, no pensaba ir esta noche.- Contestación.- Ya me ha dicho Carlos lo de la fiesta, pero no me apetece. ¿Te apetece tomar algo en la tetería? Podemos ir al cine. Creo que ponen una película de un ruso que se llama Dimitri.-

domingo, 13 de diciembre de 2009

jueves, 10 de diciembre de 2009

Reflejo VII

Cuando acabó la película, me sentí triste. No por el final de la misma, que más o menos era triste, sino por la certeza de que no iba a ser capaz de recordar ni remotamente todas las enseñazas que me trataban de transmitir. Triste porque sabía que la reseña que escribiría horas más tarde, no iba a conseguir que los futuros lectores entendieran un poco de los sentimientos que había despertado en mí esa historia. Triste porque sentía que todo el trabajo del director de la película y del guionista se iba a perder en el recuerdo en cuanto saliera de la sala. Ni siquiera me consoló el hecho de saber que yo era uno de los pocos que había entendido casi todo lo que se había explicado, ni el saber que había entendido perfectamente la visión del director. Estaba algo así como decepcionado conmigo mismo, y la verdad, es que no tenía razones para ello.

martes, 8 de diciembre de 2009

Suerte y talento

"Muchos creen que tener talento es una suerte; nadie que la suerte pueda ser cuestión de tener talento."

Jacinto Benavente

domingo, 6 de diciembre de 2009

Héctor

Tenía nombre de héroe griego y alma de dios olímpico. Solía fumar pequeños cigarros de tabaco de liar mientras hablaba sobre el sexo y su teoría del placer por el placer.
-No lo entendéis.- Decía echando el humo por la boca sin sujetarse el cigarro con la mano. Luego me miraba a mí, yo era su único cómplice. Yo sí lo entendía. –El placer hay que vivirlo con todo el cuerpo. Vivimos por el placer.-
Sonreí porque él me sonrió. Se giró y continuó caminando unos pasos por delante de nosotros, alejándose de la luz que proyectaba la última farola del pueblo.
Llevábamos en cada mano una litrona de cerveza y un cigarro. Los demás, no prestaban atención a los desvaríos de aquel griego perdido en el siglo XXI, ni a las lecciones que le dedicaba a su pupilo.
Aceleré el paso, haciendo crujir la grava del camino sobre mis pies, y me uní a él.
-Héctor –le dije- ¿alguna vez te has preguntado porqué hemos terminado conociéndonos?-
No pude ver que sonreía hasta que su rostro se iluminó con una calada del cigarro. Podía intuir por lo que le conocía, que la pregunta le había encantado, pero sabía, que le habría gustado más, con otro porro en el cuerpo además del que nos habíamos fumado en el parque.
-¿Cómo no íbamos a conocernos?-
Siempre solía responder con preguntas. Más todavía si su porro o cerveza estaban acabándose.
Tardé toda una tarde en que me explicara porque se hacía los cigarros tan cortos.
-El placer es para mí como estos cigarros.- Me dijo al fin. –Si me hago uno enorme, acabaré saciado, probablemente, a la mitad, y lo acabaré tirando o fumando por fumar.-
Yo siempre había pensado que se fumaba por fumar, al menos eso hacía yo, pero Héctor siempre tenía otra visión para todo.
-En cambio.- Continuó. – Estos cigarros, siempre me dejan con ganas de más. Tienen la cantidad justa para que pueda quedarme un tiempo tranquilo y para que al rato sienta la necesidad de fumar otro. Y puedo entretenerme fumándolo. Lo mejor de fumar es sentir que fumas. Ufffff – Usaba esa expresión constantemente mientras se llevaba una mano a la frente.- Y preparar el cigarro…-volvió a repetir la expresión- es como hacer la cama donde sabes que vas a follar.-
Volví a mirarle mientras el silencio se tendía entre los dos. Desde atrás nos llegaban los pasos de los otros amortiguados por alguna conversación lejana y algunas risas. Héctor no dijo nada. Le gustaba pensar estando conmigo. Yo sabía que la pregunta que me había hecho no iba hacia mí, sino hacia él mismo. ¿Cómo no íbamos a conocernos?
Uno de los chicos de atrás me llamó a voces para preguntarme cuanto quedaba hasta Buldeque, el pueblo al que nos dirigíamos.
-¡Media hora!- Grité para hacerme oír por encima de los teléfonos móviles que ahora habían encendido.

Llegamos a un claro donde se cruzaban varias vías agrarias que unían los pueblos de la zona. En ese punto, el río de la comarca aparecía del norte y daba un giro para situarse en medio de nuestro camino. En el centro de la explanada había una gran roca tallada, una especie de monumento rural. Héctor me agarró del cuello pasándome el brazo por encima. Parecía haberse olvidado de la pregunta.
-Vamos a pararnos aquí un rato, odio esa música y quiero mear.-
Anulado como estaba casi siempre en su presencia, me limité a asentir y a revolverle el pelo con la mano.
-Eh tío nada de mariconadas.- me decía mientras fingía que intentaba darme un beso en la boca.
-Aparta, como se entere Alba…-
-Querrá grabarlo en vídeo.- Dijo mientras se colocaba junto a un chopo para mear.
Yo no dudaba que ella quisiera grabarlo. Era algo así como Héctor solo que con tetas. Hubo un tiempo en el que pensaba que él podía ser perfectamente bisexual. Creo que hasta él se lo planteó. Pero entonces llegó Alba y la cosa cambió. Las teorías de Héctor se habían hecho reales en una chica pelirroja que era presidenta de una asociación de gays y lesbianas en la provincia. Yo quería mucho a Alba y ella me quería mucho a mí. Los tres teníamos, gracias a Héctor, o quizás no, las mismas ideas. Alguna vez me había incitado para acostarme con él porque no toleraba que su novio no conociese el sexo con otro hombre. Yo me había negado, muerto de vergüenza. Héctor era poco menos que mi hermano. Un hermano con el que hablaba de sexo, de orgasmos y de eyaculaciones con bastante asiduidad, pero un hermano al fin y al cabo. No niego que yo había tenido mis fantasías con él. ¿Quién no las tendría? Pero más que morbo, lo que tenía, era una curiosidad malsana por ver si lo que los dos entendíamos por placer era lo mismo. Cosa que yo sabía que en el fondo que no era así.
Nuestros amigos del pueblo pasaron y me dejaron una nueva litrona junto a la roca donde estaba sentado. Todos aceptaban tácitamente que Héctor y yo nos disponíamos a arreglar el mundo y que quizás cuando llegásemos a Buldeque, la fiesta habría terminado y tocaría volverse.
-Hazte un porro.- Le dije cuando volvió.
-Para que te lo fumes tú ¿No?- Dijo mientras se abrochaba el cinturón.
-Para que nos lo fumemos los dos.-
-Ufff Ahora que has dicho eso…- Empezó a sacar los utensilios necesarios, la piedra, el papel, las boquillas, el mechero… y me lo dio todo menos la piedra y el mechero.- El otro día me fumé el mejor porro de mi vida.-
Comenzó a quemar la piedra.
-Me quedé solo en casa con Alba y estuvimos follando toda la tarde mientras llovía. Tienes que follar cuando llueve. Ufff… Sientes como si el agua estuviera cayendo sobre ti y…-
-Estabais follando mientras llovía.- Dije para intentar centrarle. La disertación sobre la lluvia podría llevar a otra de follar en bañeras o en piscinas y de ahí el bucle era infinito.
-Sí.- Dijo pellizcando la piedra.- Y le pedí a Alba que me hiciera un porro. Uff no sabes como me pudo poner verla hacer un porro desnuda, a oscuras, con las tetas iluminadas cuando se encendía el mechero, fue…- No terminó la frase, sino que extendió la mano derecha con un golpe seco, sustituyendo la palabra con un gesto.
Le pasé el papel y se dedicó a alisarlo y a buscar la pega para colocarlo bien. Hasta que no tuvo todo mezclado sobre la hoja, no continuó. Yo podía oír el agua del río pasando por detrás de nosotros y, a veces, ráfagas de viento moviendo las ramas de los chopos.
-Nos lo fumamos a medias.- Hizo una pausa. –Fue brutal. ¿Alguna vez has fumado un porro después de follar?- Le dije que no con la cabeza, yo sólo fumaba porros cuando iba al pueblo, cuando me los preparaba Héctor.- Nos quedamos dormidos abrazados al instante, los dos desnudos, aún sudando.- Bajó el volumen de la última palabra, tratando de crear esa sensación que él había experimentado. Se sentó a mi lado mientras terminaba de prensar el cigarro.
No lograba entender su habilidad para preparar los porros sin apenas luz. Me lo tendió.
-Enciéndelo.-
Aparté el cigarro con la mano.
-Sabes que no me gusta encenderlos.-
-Quiero verte haciéndolo.- Me dijo sonriendo. Después me miró a los ojos muy serio.
Lo cogí con los dedos y me lo puse en la boca. Me pasó el mechero y lo encendí. Acto seguido, le pegué unos cuantos tiros mientras él permanecía en silencio bebiendo cerveza.
-Fumas como las niñas. Seguro que me has babao todo el porro.-
-Si te lo he babado te jodes, no habérmelo dejado.-
Se rió. En esos momentos no sabía si lo hacía de mí o de la situación. Me miraba con cariño, le gustaba verme probando cosas. Le pasé el cigarro.
-¿Cuál ha sido tu mejor porro?- Me preguntó de pronto.
-Ya sabes que sólo fumo aquí.-
-¿Sabes qué eso no responde a mi pregunta?-
-¿Sabes qué tú haces lo mismo?-
-¿Sabes qué yo tengo más estilo?-
Sonreímos y le dio un par de caladas al porro soltando el humo lentamente, con los ojos cerrados.
-Este está siendo bastante bueno.- Dije poniéndome en pie. La naturaleza me llamaba. Me acerqué al puente que teníamos a la espalda y poco a poco el sonido del agua fue haciéndose más fuerte. Mezclado con él, llegaba el ruido de una orquesta de pueblo tocando una especie de pasodoble.
Héctor permaneció en silencio hasta que volví. Me pasó el porro.
-Me gusta el sabor de tu saliva en el cigarro.- Me dijo.
Guardé silencio mientras me apoyaba el porro en la boca. No había notado la diferencia de sabor del porro recién encendido al que tenía en los labios hasta que él lo había dicho. Quizás por eso había querido que lo encendiera yo.
A mi también me gustaba el suyo, pero no podía decírselo sin que sonase raro. Él era así, podía decir lo que pensaba por muy duro, cómico, desagradable, raro o inconveniente que resultase, pero los demás no. Y no porque él nos juzgase, sino porque nos juzgábamos nosotros mismos.
-Creo que nos conocimos antes de ser como somos y que somos como somos por habernos conocido.- Dijo de pronto cambiando de tema.
Me costó asimilar que se refería a la pregunta que le había hecho poco después de salir del pueblo.
-¿Cómo? No he entendido eso.-
-Sí joder. A ver. Tú eras uno antes de conocerme, y yo era otro. ¿Vale? Después nos conocimos, pero no conectamos. No existía “esto”-me señalo- pero de repente, un día, en uno de los dos surgió una idea que sin querer, fue percibida por el otro. Ufff cada vez lo veo más claro. No sé cual de los dos la tuvo, imagino que tú, para eso de las ideas eres único. –coincidía con él, Héctor simplemente llevaba a la práctica lo que yo pensaba- Luego, los dos maduramos la idea, juntos o separados, eso da igual. Estábamos hechos para “esa” jodida idea –dijo muy despacio- y poco a poco la hicimos nuestra hasta que un día - recogió el porro que le tendía- el uno la vio clara en la forma de pensar del otro… Y ahí empezó todo.-
Me quedé en silencio. La teoría no me disgustaba.
-Uff es genial.- No paraba de repetir.
-¿Y cómo terminará?- Pregunté.
Me miró con el cigarro colgando de la boca. La nueva pregunta, el nuevo reto, ya no le gustaba tanto. Los dos pensábamos que las cosas duraban lo que duraban, que había que agarrarse a ellas el tiempo que estuviesen con nosotros. Yo exprimía a Héctor cada minuto y absorbía sus palabras como una hormiga guardaba trigo para el invierno. Sin embargo, la idea de un final a nuestra relación era algo inconcebible. Ciertamente, yo no me lo imaginaba, eso era lo bueno de no habernos acostado, que nuestra relación era compatible con muchas otras relaciones simultáneas.
-Imagino que cuando uno de los dos descubra que no piensa como el otro.-
De repente ya no se escuchaba la música, ni la brisa, ni el agua. Hubo un silencio bastante tenso.
-Antes has contestado a cómo nos conocimos, pero no a por qué.-
El cambio de tema lo cogió desprevenido esta vez a él. Me pasó el porro.
-Si que lo he hecho. Nos conocimos para ser así. Porqué teníamos que ser así y nos necesitamos el uno al otro para ser así.-
-Y si algún día eso falla, si descubrimos que no pensamos igual, quiere decir que no somos así, o que, quizás, nunca lo hemos sido.-
Entrecerró los ojos y se puso en pie para acercarse a mí. Apuré el porro y tiré la chusta al suelo.
-¿Crees que pensamos igual o no?- Me preguntó.
Me acerqué más a él y expulsé el humo que me quedaba en los pulmones.
-¿Alguna vez has pensado en besarme?- Le contesté.
-¿Qué tiene que ver con…?-
-¿Lo has hecho?- Me acerqué más. El no se movió pero apartó la vista.
Volvió a mirarme.
-¿Tú que crees?- Me dijo.
-Creo que de tu respuesta dependen muchas cosas de nuestras teorías.-
Me sonrió, despacio, me agarró la cara con las dos manos y se giró. Caminó hasta el puente.
-Tranquilo, seremos amigos mucho tiempo.- Dijo mientras comenzaba a subirlo lentamente, con la seguridad de que yo subiría detrás de él.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Razones de que no se use el condón en África

Gracias patito....
Así van las cosas y así nos las hemos inventado...


miércoles, 2 de diciembre de 2009

Reflejo VI

El autobús parecía no ver los resaltos por los que pasaba a toda velocidad mientras iba acercándose a la estación. La música de mi reproductor mp3 sonaba distraída y yo contemplaba mi reflejo a través del cristal. Me resultaba extraña la sensación de encontrarme en el vehículo sin tener un libro entre mis manos, pero me permitió ser más consciente del viaje. Me fijé en la gente que subía, en la que bajaba, escuché un par de conversaciones, miré por la ventana maravillándome por el espectáculo de luces que ofrecía Madrid durante la noche y disfruté de la sensación de estar yo solo conmigo mismo. También me dio por pensar, que a veces viene bien. Es curioso cómo no soy capaz de recordar ninguna canción de las que sonaron durante el trayecto y cómo sí soy capaz de recordar el tacto que tenía el asiento de mi derecha donde llevaba puesta mi mano. Al llegar a la estación, cerré los ojos dejándome envolver por aquella sensación de paz y de tranquilidad, de armonía conmigo mismo. Traté de memorizarla y grabarla a fuego en mis recuerdos, con la intención de acudir a ella y convertirla en mi refugio cuando me quitara mis auriculares y el ruido de la vida me golpeara de nuevo.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Poesía para amanecer lluvioso

Antonio Machado - Amanecer de otoño

Una larga carretera
entre grises peñascales,
y alguna humilde pradera
donde pacen negros toros. Zarzas, malezas,jarales.

Está la tierra mojada
por las gotas del rocío,
y la alameda dorada,
hacia la curva del río.
Tras los montes de violeta
quebrado el primer albor:
a la espalda la escopeta,
entre sus galgos agudos, caminando un cazador.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Un día importante

Me levanté y cerré las ventanas de la habitación. Era uno de los junios más calurosos que recordaba en mis dieciocho años y eso que siempre he sido friolero. En esa ocasión no me molestó que el calor me despertara, tenía que ponerme en pie en diez minutos. Como disponía de tiempo, me senté en la cama con las piernas cruzadas y revisé los papeles de la matrícula de la universidad que estaban desparramados por la mesa. La fotocopia del DNI (tengo que ir a renovármelo el mes que viene), los papeles del banco, los papeles de la universidad, el sobre con las fichas, las fotos de carnet (quizás guarde una para el DNI, no sales mal con ese flequillo). Todo en orden. Lo metí todo dentro del gran sobre de la universidad y me tiré de nuevo sobre la cama.
Aquel era el día por el que llevaba esperando mucho tiempo. Por fin me iba a convertir en universitario. Era mayor de edad y el futuro se abría paso poco a poco ante mis ojos. Sin embargo, algo en mi interior no estaba bien. Desde hacía varias semanas, exactamente desde que había terminado la selectividad, sentía dentro una especie de malestar y nerviosismo que yo achaqué a la espera para ingresar en la universidad. Ahora sé que no. Realmente, todo empezó cuando me senté con mis padres a comer la tarde en que hice mi último examen.

Recuerdo que mi madre había hecho judías pintas para comer. Ella aún llevaba el traje del trabajo y se había recogido el pelo en una improvisada coleta para no mancharse mientras nos servía la comida. Mi padre por el contrario se había quitado el uniforme y se había puesto un pantalón deportivo de manga corta y una camiseta blanca de tirantes llena de pelotillas. Les conté como me habían ido los exámenes y me preguntaron que si ya había entrado en razón.
-¿En razón? ¿En razón de qué?- Pregunté extrañado.
Mis padres se miraron.
-Pues en hacer una buena carrera claro está.- Dijo mi madre.
La cuchara se me quedó a medio camino entre el plato y la boca.
-¿Cómo? Pensé que lo habíamos hablado ya. Creía que lo de hacer derecho era sólo una propuesta vuestra.-
-No seas tonto hijo.- Dijo mi padre. – Aquí no somos unos ogros. Pero piensa en todo lo que hemos trabajado nosotros para que estudies algo que no sirve para nada.-
Le miré a los ojos, pero él siguió comiendo sin mirarme ni un momento. Mi madre por el contrario parecía más nerviosa de lo habitual. Puede que mi madre me conociera más que mi padre y supiera que me estaba cabreando. A mi padre le importaba poco que me cabreara, sólo tenía una visión del mundo, la suya, y todo lo que no entrase en ella estaba fuera de sus manos y, en consecuencia, de su interés.
-¿Esa es tu opinión sobre el periodismo?-
-Sí.- Esta vez sí me miró, desafiante. – Y como soy yo el que paga, me gustaría que se me tuviera en cuenta.-
-¿Y al que estudia?- Pregunté dejando la cuchara en el plato y poniendo los brazos en jarra. -¿A ese no se le pregunta?- Se acercaba uno de mis accesos violentos, el tono de la voz iba subiendo lentamente. No podía creer que me estuvieran fastidiando el día de aquella manera.
-Menos humos.- Dijo mi padre con indiferencia. –Ya te he dicho que puedes estudiar lo que te dé la gana. Otra cosa es que nosotros estemos conformes o que estemos dispuestos a pagarte la carrera entera en ese caso.-
Lo que más me molestaba era su indiferencia. Esa manera de decir las cosas sin mirarme, mientras seguía comiendo. Se dedicaba a recitar una ley universal que no podía revocar nadie. Algo así como dos más dos son cuatro, tú verás lo que haces como no estudies Derecho.
Me puse en pie. Mi madre estaba apunto de decir algo, pero no sabía muy bien donde posicionarse. No quise obligarla a elegir, pero me apunté que no saliera en mi defensa. Subí a mi cuarto y ninguno de los dos subió a buscarme. Me imaginé a mi madre diciéndole a mi padre que me dejara estudiar Periodismo, que era lo que yo quería. Y a mi padre diciéndole que ya sabía lo que pasaría, que empezaría Periodismo, que no lo acabaría, que me cambiaría a Filología Hispánica, que no me llenaría, que empezaría Psicología y así dios sabe cuantas carreras. Qué yo podía elegir, pero que no sabía. Probablemente le diría a mi madre que ya se me pasaría y que era un cabezón, que acabaría estudiando lo que me diera la gana y se iría al salón a ver la tele sin recoger ni un solo plato de la mesa.
Desde aquel momento, mis conversaciones con mis padres se limitaron a breves respuestas a preguntas indiferentes. Mi madre intentaba un acercamiento a mí a través de las comidas, dedicándose a preparar mis platos preferidos, pero yo, dolido aún, casi nunca probaba bocado e intentaba comer fuera de casa la mayor parte del tiempo. Lo peor de aquella situación, fue sin duda tener que aguantar la lástima que me daba mi madre. Más de una vez estuve a punto de decirle que no estaba enfadado con ella, que la culpa era de mi padre, pero la verdad es que estaba muy a gusto sin hablarme con ninguno de los dos y me daba igual si mi madre lo pasaba mal o no.
Ahora pienso que quizás lo hacía para que mi madre presionara a mi padre, pero si eso había tenido lugar, jamás llegó a mi conocimiento, así que desistí de ser cabezota y empecé a plantearme las cosas en serio.
Lo peor de todo no era hacer Derecho o hacer Periodismo, lo peor de todo era tener que elegir entre mi elección y la elección de mi padre. Me informé sobre carreras conjuntas, pero ni me llegaba la nota, ni me veía con la capacidad suficiente. Además, dudo que mi padre viera con buenos ojos que me pusiera con dos carreras a la vez. Siempre pensaba que era un inconsciente y que no estudiaba demasiado. Me sentía cada vez más enfadado y tardé unos días en descubrir que no estaba enfadado con mis padres, sino conmigo mismo. Al fin y al cabo era yo el que tenía que elegir, pero no era libre para elegir. Si hacía Periodismo, me vería obligado a esforzarme por sacar buenas notas y no dejar la carrera a medias solo por darle en las narices a mi padre. Pero si hacía Derecho, iría con la predisposición de estar estudiando algo que no me gusta y con la posibilidad de que mi padre me dijera al abandonarla: “¿Ves como eres un inconstante?”
Total, que dos días antes de que terminara el plazo para entregar los papeles, decidí complacer a mi padre, aunque solo fuera por ver la cara que ponía cuando me graduara en derecho y me viera en el paro y con una carrera que no me gustaba. Pero aquel sentimiento, aquella desazón, no se había marchado al decidirme, al contrario, seguía ahí, rondando mi cabeza.

Cuando al fin sonó el despertador, yo me encontraba sentado en la cocina desayunando. Escuché como mi madre entraba en la habitación, apagaba mi despertador y bajaba las escaleras. Me daba tanta rabia que ya estuviera de vacaciones y me viera marcharme. Ninguno de los dos sabía finalmente que decisión había tomado, ya me habían dado el dinero antes de que me montaran esa escena y sólo tuve que ir al banco y pagarlo. Mi madre llevaba una bata rosa de gasa y el pelo suelto alborotado. Me dijo buenos días y le gruñí una contestación mientras bebía la leche. Esperaba escabullirme de la cocina antes de que quisiera hablar conmigo, pero para mi sorpresa, ella no me dejó.
-¿Vas hoy a lo de la universidad?- Me alegré de que no intentara dar rodeos ni buscase un acercamiento.
-Sí.- Recogí la servilleta y me puse en pie con el vaso en la mano. Ella me miraba apoyada en la nevera, quizás buscando su frescura.
-¿Y qué vas a hacer?-
Dejé las cosas en el fregadero y la miré a los ojos. Luego desvié la mirada hasta el cubo de basura y le dije mientras tiraba la servilleta:
-Derecho.-
Se le iluminó la cara. Debió pensar que todos sus problemas se habían solucionado, que su crisis familiar estaba superada y que podría volver dentro de dos semanas a limpiar culos de bebés en la guardería con una sonrisa. Tendría un hijo abogado, con eso tenía para cinco años de orgullo frente a las vecinas.
-¿De verás?- Preguntó sonriendo.
Yo me tomé aquella pregunta como un seguro. Si le decía que sí, no sólo respondía a que estaba seguro de estudiar Derecho, sino a que estaba seguro de la elección que había tomado. Y a mí no me gustaba mentir a mi madre. Desde aquel momento le cogí más aprecio a hacerlo.
-Sí.- Contesté saliendo de la cocina.

Una hora y media después, me percaté de que mucha más gente que yo en el metro iba a entregar su matrícula a la universidad aquel día. La mayoría iban acompañados por alguien, sus padres principalmente, pero yo no entendía eso. Mis padres nunca me habían acompañado a realizar ningún tipo de trámite, al fin y al cabo, eran mis trámites, no los suyos. Yo tampoco les acompañaba cuando iban al banco a poner en orden sus cuentas corrientes.
-Es mi trámite.- Pensé mientras dejaba sentarse a una señora mayor en mi asiento. –No el suyo. No son ellos los que van a estar matriculados en Derecho.-
Mientras subía las escaleras mecánicas iba escuchando algunas conversaciones sueltas de la gente que se quedaba en el lado derecho para evitar que sus acompañantes subieran andando aquel tramo. Había mucha ilusión, excepto en aquellos que ya llevaban varios años en la universidad. A esos se les reconocía porque iban solos, con un sobre en la mano y no sonreían a nadie. Pero los otros, los ilusionados, esos brillaban por el metro. No sé, quizás fuera como me sentía en aquel momento, pero yo solo podía verlos a ellos. Los veía contentos, felices, con sus familias apoyándoles, emocionados. Yo iba a realizar un trámite. Cómo cuando me apunté al instituto para hacer el bachillerato de Ciencias de la Salud. No hubo ninguna emoción. Era un trámite para llegar a la universidad. Quizás si me hubiera apuntado al de Ciencias Sociales tal y como pensaba en un principio… pero aquella decisión fue más lógica, al fin y al cabo, el Bachillerato de Ciencias de la Salud era, junto con el Tecnológico, el que más salidas tenía. Si quería hacer Periodismo o Derecho, podía hacerlo desde allí. Claro está que la nota media que obtuve no fue tan alta como quizás habría sido en los otros bachilleratos. Y así probablemente me habría llegado para hacer la conjunta.

Me perdí dos veces entre todas las facultades antes de encontrar la mía, por lo que se me habían hecho ya las once. No me pareció una facultad bonita, pero la de Periodismo tampoco lo era. Sin embargo esta me pareció sombría y tétrica, muy fría.
-Aquí vas a pasar como mínimo cinco años de tu vida.- Pensé.
Traté de desechar esos pensamientos de mi cabeza. Bien empezamos.
Como no tenía intención de perderme más de dos veces, dos son mi límite antes de preguntar a alguien, abordé a un chico que debía rondar mi edad y que caminaba con un sobre a paso muy decidido. Él también se matriculaba ese día y se ofreció a acompañarme a secretaría. A pesar del calor, en aquel edificio hacía muchísimo frío.
Llegamos a secretaría y nos pusimos a hacer una cola infinita. No me acuerdo del nombre de aquel chaval, pero sí me acuerdo de cómo iba vestido. Y no por que me gustara especialmente, sino por que mucha gente va vestida igual que él. Tenía un polo azul marino con otro azul celeste debajo. Los dos de manga corta. Llevaba un pantalón vaquero y un cinturón marrón de cuero con una hebilla plateada. En los pies, llevaba unos mocasines del mismo marrón que el cinturón y en las manos llevaba dos pulseras, una con los colores de la bandera de España y otra con una frase de apoyo al Papa. Algo así como: “Juan Pablo II te quiere todo el mundo”. No quise prejuzgar a nadie, pero no era la clase de persona con la que me veía compartiendo una amistad. En cuanto a su cara, poco recuerdo ya que poco veía debajo del enorme flequillo con el que iba peinado. Prejuicios y todo, no me había parecido mala persona, al fin y al cabo, me había acompañado hasta la secretaría así que me dispuse a entablar conversación con él para tratar de enmendar todos los sentimientos negativos con los que había salido de casa.
-¿Es tu primer año?- Me preguntó con una sonrisita.
-Sí.- Dije - ¿El tuyo?-
-Yo estoy en tercero, espero quitarme unas cuantas este curso.- Lo dijo moviendo la cabeza y, creo, levantando las cejas, como si no le quedase más remedio.
-¿No te gusta la carrera?- No sabía si lo preguntaba con miedo o con esperanza.
Levantó los hombros antes de contestar.
-No sé que decirte. Mi padre tiene un despacho de abogados y bueno, me dijo que si hacía la carrera podría trabajar allí.-
-¿Pero no te gusta el Derecho?- Me miró divertido. Creo que intuyó mis miedos.
-No mucho, pero tampoco me gusta otra cosa demasiado. Al principio me gustaba la política, pero mi padre siempre decía que en eso todos son iguales, que va mejor siendo neutral y arrimándose donde más calienta.- Yo dudaba que su padre fuese neutral, pero empezaba a comprender las motivaciones de aquel muchacho.
La conversación derivó en algunos comentarios sobre el calor, el fútbol y las esperas en las instituciones públicas. Me pregunté por que un chico como él estaba estudiando en una universidad pública, pero me abstuve de comentárselo. A nuestro alrededor había cientos de chicos y chicas como él y no se lo iba a preguntar a todos. Lo que sí descubrí era que el chico era un loro que se limitaba a escupir las palabras que había colocado su padre en su boca. El padre tenía una opinión para todo y el chico así lo decía: Mi padre dice… como mi padre dice… mi padre piensa… eso dice mi padre… cuando a mi padre… acabé tan harto del padre como del hijo y me pregunté por que no era el propio padre el que se matriculaba en la universidad en lugar de su hijo.
Un temor me recorrió la espalda. ¿Y si yo era como aquel chico? No me había fijado en si había nombrado a mi padre en la conversación, pero quizás lo había estado haciendo constantemente y no me había dado cuenta. Aquel chico estaba viviendo la vida a través de su padre y puede que ni siquiera lo supiera. Y yo quizás esté haciendo lo mismo. Me horroricé ante ese pensamiento. Tanto, que mi nuevo amigo me preguntó que si me encontraba bien. Le dije que sí y el me aseguró que ya quedaba poca cola, que me relajara. Pero yo no podía relajarme. Siempre había creído que lo que yo hacía era totalmente distinto a la vida de mis padres, que había logrado vivir a mi manera. Incluso el hacer Derecho por que mi padre quisiera no era vivir su vida por que mi padre nunca había estudiado una carrera. Sin embargo, llegué a la conclusión de que puede que no estuviera viviendo la vida de mis padres, pero que mis padres sí estaban viviendo su vida a través de la mía. Me pregunté como había sido tan tonto. Después de todo, el que iba a estudiar Derecho cinco años y después se iba a pasar la vida trabajando en ello iba a ser yo. Puede que mis padres se negasen a pagarme más cursos de Periodismo que no fueran el primero, pero existían trabajos a tiempo parcial y becas. ¿Eran mis trámites no? Pues iba a empezar a hacerlos desde ya. Me aparté de la cola y empecé a caminar por el pasillo.
-Ey, que nos toca ya. ¿Dónde vas?-
-A cambiarme de carrera.- Dije sonriendo.
Y me marché a la facultad de Periodismo.
Si me equivoqué o no, es lo de menos, lo importante, es que aprendí a asumir mis propios riesgos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

"No tengas si estoy contigo ni hambre, ni frío, ni miedo, ni sueño"

Por eso - Maldita Nerea

Porque a veces se cruzan dos ríos, en las noches de diciembre
Porque no sé de donde has salido...toda una vida sin verte
Pide cena para dos
Fui a donde se envían los desvíos, decidido a probar suerte
Porque cuando se juntan dos ríos se hace fuerte la corriente
Te vas hasta luego y yo...

Vivo y por eso me tumbo en las piedras mirándote hasta el mediodía
Si me acompañas no tengo, por eso ni hambre ni frío, ni miedo ni sueño
Vivo y por eso tumbada en la hierva mirándome hasta el mediodía
No tengas si estoy contigo ni hambre ni frío, ni miedo ni sueño

Kantamelade que el camino pasa por Torre
La de que en el salón había velas para ver
Kantamela del ira, kantamelade tal vez
Kantamelade pasión, que estuve bailando ayer yendo hacia tu habitación

Vivo y por eso me tumbo en las piedras mirándote hasta el mediodía
Si me acompañas no tengo, por eso ni hambre ni frío, ni miedo ni sueño
Vivo y por eso tumbada en la hierva mirándome hasta el mediodía
No tengas si estoy contigo ni hambre ni frío, ni miedo ni sueño

Kantamelade que el camino pasó por Londres
Kanta la del pescador Galileo Galilei
Kanta la de las minas duermo viendo la nieve
Kantamelade pasión, que estuve bailando ayer debajo del edredón

Vivo y por eso me tumbo en las piedras mirándote hasta el mediodía
Si me acompañas no tengo, por eso ni hambre ni frío, ni miedo ni sueño
Vivo y por eso tumbada en la hierva mirándome hasta el mediodía
No tengas si estoy contigo ni hambre ni frío, ni miedo ni sueño...ni miedo ni sueño

Porque a veces se juntan dos ríos en las noches de diciembre
Porque no sé de donde has salido, toda una vida sin verte
Kantala que sigan los desvíos, kantala que traiga suerte
Ven que cuando se juntan dos ríos, se hace fuerte la corriente

lunes, 23 de noviembre de 2009

El guardián

Siempre te quedas dormido antes de que yo llegue. Prácticamente se te escucha roncar desde el ascensor. Estas tumbado, como sin querer, en el sofá. Con los pies sobre la mesa de nuevo, en calcetines y con la parte de abajo de un pijama y una camiseta de promoción de Pepsi. Sé que haces aposta lo de subir los pies sobre la mesa, por que te encanta que te regañe y sabes, que en el fondo, a mí también me gusta. Es empezar a decirte algo de la mesa y poner esa sonrisa tan estúpida de niño malo que se divierte con sus travesuras. Y ahí ya me has desarmado. Por supuesto que sigo representando la comedia, pero sólo lo hago para que tú también representes tu papel, para que sigas sonriendo y te acerques a mí para besarme y callarme. Ojala el silencio siempre estuviera precedido por tus besos. Pero mírate, ni te has enterado de que he llegado.
La tele está encendida, y una chica sudamericana intenta convencerte de que llames a un número de teléfono para que ganes mucho dinero. Despertarás si apago la tele, así que prefiero dejarla encendida y seguir mirándote. Te preocupas demasiado por mí, siempre te lo digo, madrugas demasiado como para poder esperarme despierto a estas horas. Puede que pienses que me voy a enfadar si te encuentro acostado cuando llegue, pero eso no es verdad. Me hace sentir importante que quieras realizar ese esfuerzo por mí, pero es inútil. Casi me dan ganas de volver a salir y hacer ruido en la cerradura, para que te despiertes y puedas fingir que estabas levantado. Ya te estoy viendo bostezar, intentar abrir los ojos, preguntarte donde estás y luego ponerte en pie de golpe, esperando a que yo entre. Sonrío y me tapo la boca para esconder una carcajada. Cojo mis cosas y voy a la habitación a recoger. Me pongo también el pijama y vuelvo al salón. Sigues en la misma posición. Bostezas y yo creo me que muero de cariño. Dudo. No quiero despertarte, pero no son horas para andarse con estupideces y necesitas descansar en condiciones. Creo que nunca podrás entender cuanto significas para mí. Puede que no te lo diga lo suficiente. Si me ves correr por el metro para llegar antes a casa y que te puedas acostar… Seguramente la gente piensa que no estoy bien de la cabeza. Te quiero tanto. Yo, yo que me reía de nuestros amigos cuando se enamoraban y se iban a vivir juntos. Yo que pensaba que el amor no existía, que solo existía el sexo y los encoñamientos… Hay que ver… Si hace diez años alguien me dice que iba a estar aquí, delante de ti, dudando si despertarte sólo por lo tierna que me parece tu forma de dormir, no lo habría creído. Probablemente ahora no lo crea nadie más que yo. Apago la tele. Te remueves inquieto, pero no llegas a despertarte. Te abrazas a ti mismo y vuelves a relajar el rostro.
Miro el reloj y, por fin, decido que es hora de que nos vayamos a la cama. Me acerco a ti despacio, sin hacer ruido, como si temiese romper un valioso jarrón chino y me inclino ante ti. Pareces reaccionar ante mi cercanía y sonríes. Me gusta pensar que me has olido, siempre dices que lo que más te gusta de mí es como huelo. Quizás por eso me esperas sin acostarte, quizás no puedas dormir a gusto si no me tienes a tu lado. Sonriendo yo también, deposito un suave beso sobre tu frente y te acaricio el pelo.
Abres los ojos despacio, aturdido por la luz de la lámpara y me miras extrañado.
-¿Qué hora es?- Hablas entre sueños.
-Hora de dormir.-
Te quedas un rato dudando, las palabras circulan lentas y pesadas por tu cabeza. Me miras con un ojo cerrado, aún te ofende la luz. Sigues pensando.
-Me he vuelto a dormir- Sonrío. -¿Qué pasa?- Preguntas.
Niego con la cabeza, me acerco a ti y te beso en los labios. Sabes a té helado y a limón.-Te quiero.- Digo antes de besarte de nuevo.

jueves, 19 de noviembre de 2009

lunes, 16 de noviembre de 2009

Reflejo V

Yo no estaba escuchando las palabras de aquel subsecretario de no sé que ministerio. Realmente no sé si alguien lo hacía. Es curioso como en aquel momento fui consciente de que no estaba atento a lo que debería estar atento. Estaba centrado en recoger cada uno de los detalles de las caras de la gente que tenía alrededor. Para mí, ésa era gente importante, no como el subsecretario. Sé que también estaba diciendo cosas importantes, o al menos las serían para mi hermano, que al fin y al cabo era el que estaba jurando el cargo, pero no para mí. Yo observaba las caras de orgullo y de emoción que había a mi alrededor y me preguntaba qué pensaría la gente de mí si me mirara. Probablemente pensarían que estaba allí por obligación, cosa que no era cierta, o que me interesaba una mierda toda aquella parafernalia para nombrar nuevos policías, cosa que se acercaba más a la realidad. El caso es, que yo no pensaba en esas cosas. Yo sólo pensaba en que a veces merece la pena montar ciertos espectáculos solo por ver la cara de un padre cuando su hijo obtiene un diploma. Es como si mi hermano no hubiera sido policía hasta ese día. Como si los meses que ya llevaba de servicio hubieran sido una especie de mentira. Muchas veces, necesitamos de ciertas ceremonias que confirmen algo que ya deberíamos saber sin necesidad de celebrar ningún acontecimiento. Lo cual, en cierto modo, me da pena. Me dan pena las familias que necesitan que un subsecretario de un ministerio les diga que pueden estar orgullosos de sus hijos.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Que genio...!!!

"No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo."

Oscar Wilde

jueves, 12 de noviembre de 2009

Del machismo al feminismo y te pego por que me toca.

No sé si habéis visto la nueva campaña contra la violencia de género que inunda nuestras calles en España. Si no la habéis visto, es que estais cegatillos, por que está por todas partes.

¿Y qué pasa con la campaña? Pues simplemente que no la encuentro apropiada.

Han pasado de lemas para favorecer la actuación de la víctima en caso de agresión a una campaña agresiva de por sí. El slogan dice: "De todos los hombres que haya en mi vida, ninguno será más que yo"... Señores, esa frase es muy mala. Leanla así, sin contexto, sin una cara conocida detrás y un cartel del ministerio de igualdad debajo. ¿No les suena arrogante? A mi me resulta hasta violenta. ¿Ninguno será más que tú? ¿Ni tus hijos? ¿A qué llamamos más que tú?... no sé no sé... puede dar lugar a equívocos y no me gusta nada, que malas de barrio ya hay muchas y las pobres mujeres que sufren maltrato de verdad no tienen ni el valor ni la oportunidad de andar con tanta chulería.

Y esa es sólo la versión en la que la que aparece es una chica. Si leemos la versión masculina vemos esto: "De las mujeres que haya en mi vida, ninguna será menos que yo" Pero bueno, ¿Esto qué es? Ahora somos todos los hombres malos. Pongan la frase dicha por la mujer en boca de hombre y la del hombre en boca de una mujer. ¿Qué pensarían si oyen a un hombre decir: De todas las mujeres que haya en mi vida, ninguna será más que yo? En seguida salta una lucecita roja en todas las alarmas que indica que nos encontramos ante un caso de machismo. ¿Y qué pasa que dicho al revés no es feminismo? Se tiende a usar la palabra feminismo mal. El feminismo es el antónimo del machismo. Lo que se busca es la igualdad, creo, no la supeditación del hombre a la mujer ni viceversa. Estos anuncios son machistas y si me han irritado a mí, que no soy machista, imaginen como debe sentirse un machista de verdad.

Si la parte de abajo está correcta ("Entre un hombre y una mujer maltrato zero"), no entiendo como han sido capaces de lanzar semejantes slogan, si entre un hombre y una mujer no debe haber maltrato (y aludimos a cualquier tipo de maltrato en cualquier dirección, ya sea hombres a mujeres como al revés), ¿Por qué un hombre no puede decir que ninguna mujer será más que él? ¿Y si una mujer dijera que ningún hombre será menos que ella? La llamaríamos sumisa, la obligaríamos a quitarse el burka y a hacer topless en la playa. Por el bien de las personas maltratadas debemos dejar de ser hipócritas y de lanzarnos los unos a otros los trastos a la cabeza. Eso no es igualdad.

Si además unimos a las declaraciones del agresor de Neila y su mujer en el juicio por supuesto maltrato, me hacen llegar a una conclusión.

Señores del ministerio: Así no ayudan.

martes, 10 de noviembre de 2009

Romance a Homero

Deberes de clase... (para que veáis)

Romance a Homero

Sabes tú Homero de sobra,
Las carreras de mentira
Esas que aunque seas corta
Estudia a veces la gente
Con pechos de silicona
Para salir por la tele
Y luego pasar de moda
De entre todas esas mierdas
Hay Homero una tetona
Que salió con un cantante
Y que dice ser bióloga
Actriz a veces puede ser
Si la ves dudo que comas
Una vez quiso ser seria
Pero solo fue famosa
La pusieron en su sitio
Ahora está callada toda
Ha dejado los posados
¡Ay Homero la tetona!
Si de actriz la pena es mucha
En bikini no mejora
Y es que años tiene todos
Y está posa que te posa
Mejor hablándote no sigo
Dejamos aquí la cosa
Que aburrirte no quisiera
Y su estupidez no es poca

lunes, 9 de noviembre de 2009

La fosa de Nicolás

Los faros del coche alumbraban la noche rasgándola. El cielo parecía un enorme telón negro rajado por la potente luz que desprendía el automóvil. Más allá de la luz, sólo había silencio y oscuridad, la nada.
Era el telón perfecto para el escenario perfecto.
El hombre detuvo su tarea y se secó el sudor de la frente con el codo. Estaba cubierto de suciedad y cansado como no lo había estado nunca. Miró los focos que le alumbraban y esperó a que el polvo se asentara para continuar cavando.
Cogió la pala y la clavó con fuerza en la zona donde la tierra estaba húmeda. Hizo presión poniendo el pie derecho sobre la herramienta y lanzó otra palada de arena fuera del hoyo. Estaba agotado, pero el trabajo le impedía pensar en otra cosa.
Durante quince minutos más, las luces observaron en silencio el trabajo, sin interrumpir, ni juzgar.
Cuando consideró que el agujero era lo suficientemente hondo, tiró la pala cerca del coche, produciendo un ruido que lo sobresaltó hasta a él. Estaba tenso y extenuado por todo lo vivido. –Necesito parar un minuto.- Se dijo mientras salía del hoyo.
Se sacudió las manos y se dirigió a la parte trasera del coche, dónde los focos no vigilaban. Antes de hacer lo que tenía que hacer, se sentó en el suelo apoyando la espalda sobre la rueda trasera. Al hacerlo, levantó un poco de tierra seca, que inhaló sin querer. Se obligó a no toser, merecía morir ahogado. Merecía que su cuerpo se le llenara de suciedad y agonizar en el suelo. Finalmente, sus pulmones decidieron por él y soltó el aire y el polvo con una tos cansada.
Hasta esa noche había tenido veinticinco años y había respondido al nombre de Nicolás Pereda. En ese momento era mucho más viejo y, si le hubieran preguntado, no habría podido saber su identidad.
Como sacado de alguna serie de televisión, Nicolás era un chico atractivo de ojos verdes y pelo liso y castaño. Era alto, de manos y nariz grandes.
Antes de esa noche, cuando sabía sonreír, tenía una sonrisa encantadora. Los labios se le estiraban y por el lado derecho, subían algo más que por el izquierdo, dándole un aspecto de niño malo. Había sido un buen pícaro que se había limitado a representar su papel con descaro y buena suerte.
Se puso en pie, limpiándose el polvo que pudo del traje. Miró por la ventanilla del coche y vio la chaqueta negra tirada en el asiento del copiloto y la corbata colgada del retrovisor. Recordaba haberla puesto ahí, pero no había visto su simbolismo mientras se subía las mangas de la camisa y se abría algunos botones. Se sintió inquieto. Miró hacia todos lados y tragó saliva. Sin poder evitarlo, ni darse cuenta, el hombre que se llamó Nicolás una vez, empezó a sudar. La corbata estaba recortada por la luz que provenía de los faros, por lo que sus formas estaban distorsionadas. Nicolás no veía una corbata, veía una soga colgando del techo, lista para anudarse al cuello de algún desgraciado, para anudarse a su cuello.
Se pasó las manos por la cara y decidió ponerse en marcha. Fue al maletero y lo abrió. Lo que observó allí no era mucho mejor que la visión de la corbata, pero se centró en el trabajo físico. Cogió el pesado fardo y se lo echó sobre el hombro. Cerró de nuevo el maletero y trató de caminar, pero tropezó debido al peso y cayó. El fardo se quedó unos centímetros por delante de él. Se incorporó y observó los rotos en las rodillas y las heridas en las manos. Al parecer, el tejido del traje no era tan resistente como le había asegurado el vendedor. Probablemente no estuviera pensado para cavar zanjas. Abrió y cerró las manos asegurándose de que no le entorpecerían el trabajo y el escozor le recordó a las heridas que se hacía de pequeño, cuando aún era inocente. Inocente. Esa palabra resonó en su cabeza como una piedra contra una campana. Sintió deseos de llorar, pero se mordió con fuerza el labio inferior. –No puedo venirme abajo ahora.- Tenía los ojos inundados, pero se resistió y volvió a su tarea.
Al acercarse al bulto, percibió que éste se había deshecho un poco y que unos pies fríos y sucios salían de él. Tratando de no mirarlos, volvió a coger la carga, esta vez sin caer, y la tiró con furia en el agujero. El fardo se deshizo más con el golpe, pero apartó la vista y miro hacia otro lado. Se acercó hacia el lugar donde había aterrizado la pala y volvió a la fosa. Mirando hacia las dos luces del coche para no ver nada más, comenzó a echar tierra sobre aquellas partes donde el paquete se había deshecho. Se le antojó pensar que los dos haces de luz parecían dos ojos acusadores que alumbraban su falta para mostrársela a todo el mundo, que aquellos pedazos de cristal, cable y energía eran algo más que eso, que no estaban ahí por que él había dejado el coche allí, si no por voluntad propia, para juzgarle y echar culpa sobre sus hombros tal y como él echaba tierra sobre aquel bulto semienterrado.
Desvió la vista hacia el otro lado y descubrió que empezaba a amanecer. Sobre el telón oscuro de aquella escena comenzaba a lucir una fina línea azul que daba forma y volumen a los árboles gigantescos que rodeaban a Nicolás.
Pensó que aún queriéndolo, sería incapaz de regresar a aquel lugar sin perderse. Era incapaz de recordar cuanto tiempo había conducido hasta llegar allí.
Decidió darse prisa y marcharse antes de que la luz más acusadora de todas apareciera. –Me voy a volver loco.- Pensó.

Cuando abrió los ojos, estaba sentado al volante. Era de noche. No recordaba haberse dormido, pero calculó que no habían pasado más de quince minutos ya que aún era de noche. Salió del coche y observó que no quedaba ni rastro de la fosa, había hecho un buen trabajo. Sólo para asegurarse, fue a mirar si había guardado la pala en el maletero. Si lo había hecho, sin duda se había merecido aquel pequeño descanso.
Abrió el maletero y vio la pala, pero al sacarla a la luz, observó que no estaba sucia de tierra. No recordaba haberla limpiado. Encendió la luz del maletero para verla mejor y la dejó caer contra la puerta al ver lo que había dentro. La pala rebotó contra el coche y cayó en el suelo levantando una nube de polvo que ensució los impolutos mocasines de Nicolás.
En el maletero había un gran bulto, enrollado en una manta gris y cerrado con cinta aislante de color negro. Se quedó paralizado. Ni siquiera había oído el ruido de la pala. Sólo podía repetirse a sí mismo que eso no podía estar ocurriendo. Se pasó la lengua por los labios, se le habían quedado secos. Para confirmar sus sospechas, dio la vuelta al fardo, deseando que la maldita nota escrita a mano no estuviese allí. Pero ahí estaba.
Era un post-it cuadrado y amarillo, pegado en el centro de la manta.
Un post-it que no había escrito y que nunca había visto, pero que allí estaba, como la primera vez que había encontrado el paquete. Lo arrancó, lo hizo una bola y se lo guardó en el bolsillo. No necesitaba leerlo para saber que decía: “Hay cosas que no se pueden enterrar”.
Comenzó a reír con unas carcajadas amplias y fuertes, agarrándose con una mano al maletero y abriendo los ojos. Sin parar de reírse, pero con lágrimas de desesperación, se puso a cavar de nuevo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Galletas!

Hoy os pongo una canción que siempre me hace sonreir.
Me encanta regalaros sonrisas :)

La casa azul - Galletas

Un rayo de sol vuelve a brillar
en mi corazón hay algo mejor
que todo lo que había ayer
ya no hay fotografías
ni grises nubes ni tenues días
llorando en navidad

Hoy vuelvo a pasear por mi ciudad
pisando hojas secas
y merendando galletas .

No sé si sabes
que ya no te quiero
que ni siquiera te echo de menos
y aunque tú creas
que he perdido el tiempo
he construido un gran mundo en un rayo de sol

Lo mejor de todo es que al final
siempre hay una canción
para poder cantar y fabricar mil sueños
que borren los recuerdos y escondan aquellos miedos
que me asustaban

Volverá a nevar por navidad
hoy vuelvo a pasear por mi ciudad
pisando hojas secas
y merendando galletas.



miércoles, 4 de noviembre de 2009

El carrete de hilo blanco

Al girar la llave en la cerradura y ver que no estaba cerrada, supe que ella estaba en casa.
En ese momento dudé. No sabía si decírselo directamente o esperar, darle la oportunidad de que fuera sincera. ¿Tan mal nos iba? Colgué mi gabardina en el perchero de la entrada sin encender la luz. Por debajo de la puerta de la cocina se veía una rendija de claridad, y hasta mí llegó el aroma de la salsa de tomate con orégano que ella estaba preparando. Cantaba una canción de Pedro Guerra que sonaba en la radio. Tan alto, que se la escuchaba por encima del ruido del extractor y de los cacharros. Deduje que no me había oído llegar. Mejor.
Fui al despacho y dejé la cartera allí, sobre una silla. La abrí y saqué de nuevo aquel teléfono que había encontrado en uno de sus cajones. Me senté en la silla contigua y repasé de nuevo cada uno de los mensajes, como había hecho esa mañana cuando ella se había ido al trabajo y yo buscaba un carrete de hilo blanco para coser un botón. Me dije que si ella hubiera querido coser la camisa, no habría encontrado el teléfono y ahora estaría abrazando a mi mujer en la cocina. Estaría siendo engañado, sí, pero sería feliz. Ahora, a la luz de los hechos, no podía hacer la vista gorda. Sin duda ya sabía que tenía el teléfono y consideraría de cobardes que no dijera nada. Seguí leyendo los mensajes una y otra vez, armándome de valor y cargándome de furia suficiente como para enfrentarme a ella. No sabía quien era ese otro tipo, el número no estaba guardado, pero los mensajes eran para ella (su nombre aparecía en algunos) y hablaban de una relación larga.
La cosa iba tan en serio que había sido capaz de comprar otro teléfono sólo para que yo no sospechase nada. Quizás eso quería decir que en el fondo no quería dejarme, que era sólo una tontería de los cuarenta. O no, quizás el nuevo móvil era una especie de símbolo de una nueva vida lejos de mí. Me guardé el teléfono en el bolsillo y salí del despacho. El ruido había acabado en la cocina. Los dos nos cruzamos en el pasillo. No me atreví a mirarla, era una desconocida para mí.
-Tenemos que hablar.- Dijimos a la vez.

-


Me puse a cantar en cuanto escuché la cerradura. Esperaba que él pensase que no le había oído entrar. Fue increíble como a pesar de todo, fui capaz de cocinar y tararear una canción que apenas conocía mientras pensaba en cosas totalmente distintas. Después de toda la tarde buscando, no había encontrado mi teléfono. No creía probable que él hubiera estado rebuscando mis cosas, nunca lo había hecho. Además, el teléfono estaba bien guardado. Tan bien que ni yo lo había encontrado.
Le escuché irse al despacho. No lo consideré una buena señal, siempre venía a saludarme a la cocina nada más entrar.
-Lo ha encontrado.- Pensé. Apagué la radio y me quité la goma con la que me sostenía el pelo. Tarde o temprano tenía que pasar. Yo había sido muy discreta y él muy independiente, pero todo tiene un límite.
Empecé a pensar que quizás había dejado el teléfono a la vista de manera inconsciente para que él lo encontrara, para que me dejara y poder ser libre. Yo sabía que a no ser que pasar algo así, no sería capaz de dejarle.
-Quizás no lo ha encontrado. Puede que lo tengas en el trabajo.- Me dije a mi misma tratando de calmarme. Pero era algo que no funcionaba. No había funcionado en todo el día. Incluso traté de coser el botón de su camisa, para relajarme, pero fui incapaz de encontrar el hilo blanco. No era el día de buscar cosas.
-¿Por qué no sale del despacho? Lo ha encontrado.-
Apagué el extractor y retiré la salsa del fuego. No escuché nada. Al menos, si lo había encontrado, era imposible que supiera que el otro hombre era su hermano. Había sido muy cuidadosa con eso. Suspiré y tomé una determinación. Quizás no lo había encontrado, pero tarde o temprano lo haría. Era mejor que se lo dijera yo, que se enterara por mí. Se sentiría mucho menos traicionado. Salí al pasillo a la vez que él salía del despacho. La vergüenza me impidió mirarle.
-Tenemos que hablar.- Dijimos a la vez.

martes, 3 de noviembre de 2009

lunes, 2 de noviembre de 2009

Reflejo IV

A mi modo de ver, la vida tiene efectos mucho más artísticos que cualquier película o fotografía. Con una mirada pausada, podemos ver aquello que el arte se empeña en imitar, pero que nunca conseguirá. Por pura casualidad, el libro se había quedado abierto bajo la brillante luz de la lámpara de mesa, dejando el resto de la habitación a oscuras. Cuando entré, me sentí inquieto, atacado por aquella visión que estaba seguro que sólo yo podía apreciar y que no conseguiría reproducir jamás. Ni aunque hubiera tenido una cámara fotográfica en mis manos. El haz de luz enfocaba perfectamente las hojas del libro, que caían cansadas unas sobre otras y que hacían de aquella imagen una metáfora exquisita. Dentro de la luz, una historia, fuera de la luz, nada. Había dejado el libro así por casualidad, con toda naturalidad. Con toda la naturalidad que el arte nunca llegaría a conseguir. La luz era un punto de vista, que hacía real una historia y que dejaba otras en la oscuridad. ¿Cuántas historias permanecían en la oscuridad a la espera de un foco que las iluminara? Gracias a esa casualidad, yo disfrutaba de aquella sensación que me llenó de orgullo al ser capaz de percibir esos detalles. Me senté en el brazo del sillón y permanecí durante varios minutos quieto, sin atreverme a romper el equilibrio de la perfección que la casualidad había creado.

jueves, 29 de octubre de 2009

Esos detalles...

"Cuando lo hayas encontrado, anótalo"

Charles Dickens

Y es que hay veces que sin darnos cuenta encontramos la belleza, la alegría, la desdicha... y luego no sabemos transmitirla. Hay que aprender a ser consciente de todos esos detalles, al fin y al cabo, son los que conforman la vida.

martes, 27 de octubre de 2009

Agora del siglo IV hasta el XXI

www.tendenciagay.com/cine

"Ágora" es sin duda, una de las mejores películas del año. El director Alejandro Amenábar, parece superarse más y más a medida que va creciendo su experiencia como director. Nos encontramos ante la superproducción más cara de la historia del cine español. Y señores, merece la pena.

No nos extraña que haya tardado casi cuatro años en crearla, rodarla y producirla, se trata de una creación mimada hasta el detalle y de una calidad exquisita. Sólo tiene dos fallos: El ritmo en el centro de la película, que decae tras el primer ataque a la biblioteca y los forzados efectos especiales de los pergaminos durante el asedio cristiano al quemar los libros contenidos en el ágora.


Se trata de una historia que da escalofríos. En la Alejandría del siglo IV DC, los cristianos crecen en número al dejar de ser perseguidos por el imperio romano. Dentro de la ciudad conviven los judíos, los paganos y los nuevos cristianos. La película cuenta la historia del ascenso de los cristianos mediante oleadas de violencia hasta hacerse con el poder y el control de la ciudad. Frente a lo que pueda parecer, es absurdo pensar en un ataque directo a la iglesia. Se nota especial cuidado en el guión y en la trama de Alejandro Amenábar para mostrarnos no sólo unos cristianos crueles y despiadados, sino también unos cristianos caritativos y hermanados. Además, los paganos y los judíos tampoco se salvan de las críticas. La película no es un ataque contra ninguna religión, sino contra la sociedad y sus contradicciones ideológicas y morales. La excusa para la trama es la vida de la filósofa Hipatia, encarnada magistralmente por la oscarizada Rachel Weisz. En general la película deja de lado todos estos temas para centrarse en la tolerancia, tanto de unos como de otros, tanto de esclavos como de amos, como de hombres y mujeres. Una película universal.

La película refleja la afición del director por la astronomía y el movimiento de los planetas. Además sirven de excusa para extrapolar lo que se está contando. Mi momento preferido de la película es cuando hablan de la perfección del círculo y se sorprenden de que sea capaz de convivir con formas más imperfectas como la elipse o la parábola. También son constantes las referencias a la convivencia de formas imperfectas y que son más las semejanzas que las diferencias entre unas y otras religiones. Caben destacar las hermosas imágenes del firmamento que sirven de separación entre lapsos temporales durante el desarrollo del filme, aunque hacia el final de la película llegan a hacerse algo repetitivos. En el aspecto técnico hay que señalar también las fieles recreaciones de la Alejandría de la época, incluyendo unos acercamientos desde el firmamento hasta la misma ciudad, elemento con el que se pretende contextualizar y decir algo así como: Estoy contando lo que está pasando en Alejandría, pero podría estar contando lo que pasa en cualquier otra parte.

Para completar el reparto encontramos también a Max Minghella, Oscar Isaac, Michael Lonsdale, Rupert Evans y Richard Durden. Sin duda una de las mejores películas que se han visto ultimamente.

Se han escuchado rumores sobre la posible nominación a los oscar de Rachel Weisz por este papel, si es así, será algo más que merecido. Esperemos que se tenga en cuenta también el trabajo de Alejandro Amenábar tanto como director como coguionista junto a Mateo Gil.

lunes, 26 de octubre de 2009

Anoche se me ha perdido /en la arena de la playa / un recuerdo

Anoche se me ha perdido

Anoche se me ha perdido
en la arena de la playa
un recuerdo
dorado, viejo y menudo
como un granito de arena.
¡Paciencia! La noche es corta.
Iré a buscarlo mañana...
Pero tengo miedo de esos
remolinos nocherniegos
que se llevan en su grupa
—¡Dios sabe adónde!— la arena
menudita de la playa.

Pedro Salinas

viernes, 23 de octubre de 2009

La religión de Claudia

Apagó su teléfono móvil y lo introdujo en el bolsillo de su chaqueta de pana. Antes de seguir a su madre y a su abuela por el pasillo de la iglesia que se dirigía a los primeros bancos, Claudia echó un vistazo a la plaza que se extendía delante de la iglesia de su barrio. Su madre la chistó desde el fondo de su abrigo de visón y la instó a darse prisa para sentarse junto a ella. Claudia obedeció y se sentó en un banco de roble que había en la tercera fila. Más allá de la montaña de pelo marrón que era su madre, había otra montaña similar pero de pelo gris. Claudia sabía que allí estaba su abuela. Ambas mujeres eran rubias, ninguna natural, y ambas llevaban debajo de los visones unos elegantes vestidos comprados y escogidos únicamente para lucirlos en la iglesia.

Claudia se alisó los pliegues de su falda y se desabrochó la chaqueta. Su madre la observaba con ojo inquisidor por si hacía algo indebido en la casa de Dios.

Cuando la mirada de María se apartó de su hija, ésta suspiró y entrelazó las manos. Miró el reloj y vio que quedaban quince minutos para que sus amigos se encontraran frente a esa misma iglesia para ir juntos al cine. Ella les había prometido que iría, pero no había contado con la visita semanal de su abuela Emilia y su consecuente viaje a la iglesia. Por eso, se había visto obligada a mandarles un mensaje, cancelando su asistencia y apagar el móvil. Su madre estaría orgullosa de ella. Siempre lo estaba. Al menos delante de la gente. Cuando estaban en casa, María no prestaba mucha atención a su hija.

Claudia no se parecía ni a su madre ni a su abuela, que parecían copias exactas con varios años de diferencia. Ella tenía el pelo moreno y rizado, como su padre. Las tres tenían los ojos marrones, pero la figura de Claudia era mucho más esbelta y proporcionada que la de sus antecesoras, además, ella tenía curvas, característica que no compartía ni con su madre, ni con su abuela. María tenía un cuerpo delgado y alto que nunca había conseguido domar. Era guapa, pero no bella. No al menos como Claudia. La chica tenía una belleza dulce y encandiladora, la piel sonrosada y el cuerpo plenamente desarrollado. Tendía a imaginárselas como dos palos con abrigos de visón, serias y rígidas.

Emilia se puso en pie en cuanto percibió la llegada del cura y estiró su cabeza todo lo que pudo para destacar entre sus compañeras de banco, lo que le dio más aspecto de palo. María y Claudia siguieron su gesto y se pusieron en pie. Claudia miró a las dos mujeres que la acompañaban mientras repetían palabras que se sabían de memoria sin siquiera pensar en ellas y en lo que significaban. Después, se volvieron a sentar. Ninguna de las dos miró a Claudia en el resto de la ceremonia. La niña iba alternando miradas de una a otra y las comparaba con el resto de mujeres que había allí.

Se veían pocas adolescentes de su edad, pero las que había parecían estar concentradas en lo que estaban haciendo. Giró la mitad de su cuerpo y dirigió su mirada hacia la luz que se colaba por debajo de la gran puerta de madera, pero un pellizco de su madre la hizo volver la mirada al frente.

María no la regañó, sino que siguió concentrada mirando al altar. Mientras Claudia se frotaba la zona dolorida del brazo se puso a pensar en su madre cuando no estaba en la iglesia. No le sorprendió descubrir una María muy diferente a la que se encontraba allí, pendiente de sus movimientos, aunque fingiendo que atendía las palabras del cura. Nunca la había visto coger la Biblia, incluso no sabía si tenían una en casa. Era probable, pues todas las habitaciones estaban plagadas de estampas religiosas y cuadros enormes de Vírgenes. Todas menos el dormitorio principal. Tampoco la había oído rezar. Ni siquiera sentía que aquella mujer fuera cristiana. Es como si su madre solo acudiese a misa para exhibirse los domingos ante los vecinos, para exhibirla a ella. ¿Pero entonces? ¿Creía su madre en lo que hacía allí los domingos? Claudia entrecerró los ojos y frunció el ceño mientras continuaba sin apartar la vista de su madre. Poco a poco, descubrió que ella no estaba pendiente de las palabras que se estaban leyendo en el atril, sino que observaba con descaro a la gente que estaba en misa. Movía los ojos con rapidez de un lado a otro, pero sin dejar de repetir como un papagayo las palabras que todos coreaban.

Abatida y decepcionada, bajó la cabeza y se miró los pies. Ella estaba dispuesta a sacrificar las tardes de los domingos si era importante para su madre. Entendía, a sus dieciséis años, que la fe en la religión era un bálsamo para mucha gente, pero para su madre sólo parecía ser un entretenimiento. Sintió que su madre se estaba riendo de toda la gente que estaba allí por verdadera devoción. Incluso sintió que se reía de ella misma al tratarla como un trofeo que podía enseñar a las vecinas una vez por semana. Claudia, a sus dieciséis años y desde su ignorancia, se sintió insultada por la frialdad de su madre y de su abuela. Entendió porque después de misa las tres iban a la chocolatería de la plaza y se pasaban horas hablando sobre las vecinas a las que habían saludado amablemente.

-Y yo que creía que las estaba decepcionando por no estar segura de si creer o no…- Se dijo Claudia mientras un fuego de vergüenza le subía desde los pies y le golpeaba con furia la cara. Tenía ganas de gritar, de enfadarse con su madre y con su abuela, pero sabía que no era el momento. Intentó calmarse cuando les tocó volver a ponerse en pie, pero aquel descubrimiento la había dejado incapaz de controlar sus emociones.

-Yo, que no creo, o que no sé si creo, aguanto aquí cada domingo palabras que no tienen ningún efecto sobre mí. Intento comportarme de manera correcta según las enseñanzas de la Iglesia porque pensaba que ése era el modo en el que mi madre deseaba que me comportara para ser una buena persona.- Se apartó un rizo de la frente y se lo colocó tras la oreja. – Pero ella no se comporta así. Quiere para mí algo que no quiere para ella. Y eso es injusto. Ella puede decidir qué es bueno para mí o qué no lo es. ¿Pero cómo querría alguien algo para su hija que no considerase bueno para sí mismo?- Volvieron a sentarse todos. Todos menos Claudia.

Su madre enseguida la agarró de la muñeca y tiró de ella una sola vez, obligándola a sentarse antes de que alguien se diera cuenta de su despiste. Pero Claudia no estaba despistada. Al contrario, estaba más atenta que nunca. Sin mirar a su madre, o despedirse, salió hacia el pasillo central y, ante el profundo silencio de la iglesia y el asombro de sus vecinos, salió a la luz del sol para dirigirse al cine. Tras cerrar la puerta del templo, las piernas comenzaron a temblarle. No se detuvo en aquella sensación, sino que salió corriendo en dirección al centro comercial mientras encendía su teléfono. Si se daba prisa, aún podía llegar a la película. Sonrió, abriendo mucho la boca, mientras el aire frío le golpeaba la cara y le azotaba los rizos. Era la primera decisión que tomaba por sí misma, y le había gustado.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Aprender de los errores...

De nueo un vídeo copiado de un patito... :) Merece la pena escucharlo.