jueves, 31 de diciembre de 2009

2010

Felicesmentirasnuevas!Ypunto:)

martes, 29 de diciembre de 2009

Hipocresía??

"Exageráis la hipocresía de los hombres. La mayoría piensa demasiado poco para permitirse el lujo de poder pensar doble."
Marguerite Yourcenar

domingo, 27 de diciembre de 2009

La palabra prohibida

-¿Qué opinas Pablo? Yo creo que es lo más lógico. Al fin y al cabo llevamos ya juntos cinco años y estamos pagando dos alquileres sin sentido. Además ya tenemos más de treinta años, creo que está bien que sentemos la cabeza.-
Yo no escuchaba a Marta. Había oído lo que me había dicho justo antes de aquella frase, pero el resto no llegó a entrar en mi cabeza.
Después de un rato de silencio, Marta cogió el vaso con el que estaba jugando nerviosa y apuró de un trago lo que le quedaba de cerveza.
-¿No vas a contestarme?- Preguntó levantando los ojos de la mesa. Tenía los ojos tristes, parecían cansados. En otras ocasiones, esos ojos castaños brillaban con mucha fuerza, como la madera barnizada.
-Es que no sé que decir la verdad. No sé si es una buena idea.-
Yo noté que se había decepcionado, solo fue un segundo, luego cambió de expresión y forzó una sonrisa. La conocía lo suficiente como para saber cuando estaba fingiendo las sonrisas. De repente, aquella taberna de Alonso Martínez me pareció muy silenciosa. Era como si todo el mundo se hubiese callado y me mirase, esperando que yo contestara que sí, que sí que quería vivir con Marta, que quería que pagásemos juntos el alquiler, que compartiésemos gastos, que tuviésemos una cuenta juntos, que amueblásemos las habitaciones, que hiciéramos cenas de parejas, etc. Ella lo había dicho, era lo lógico.
-Bueno, yo creo que debes pensarlo más cariño.- Dijo acariciándome la mano. Me rozó la muñeca y me pareció que quería agarrármela, pero la retiré. Ella no pareció darse cuenta. Se colocó un rizo moreno tras las orejas con aquella mano. –Ahora tengo que irme al trabajo, ¿Quedamos mañana y me dices que has pensado?- Hizo una pausa. -¿Tienes miedo?-
Seguía sin escucharla, pero como me miraba muy fijamente contesté.
-Mañana hablamos.- Deseé que ella no notara cuando yo forzaba las sonrisas.
Marta se levantó, me besó en el pelo y se marchó sin decir nada. Yo me quedé allí un tiempo, sin ganas ni siquiera de terminarme la cerveza. Las paredes de la taberna eran de cristal y yo podía ver a la gente yendo y viniendo entre las obras de la plaza de Santa Bárbara. Había varios obreros y unas cuantas grúas trabajando, pero, sin embargo, yo no escuchaba nada. Más allá de la gente yo podía verme reflejado en aquel cristal. Todo seguía en su sitio: los ojos verdes, el pelo corto y despeinado, el jersey de cuello vuelto y los vaqueros. Incluso el anillo de plata seguía sujeto al dedo índice, pero, sin embargo, yo tenía la impresión de que algo había cambiado. Lo peor de aquella sensación era que tenía la certeza de que aquel cambio nunca volvería a deshacerse.
Quería a Marta como nunca había querido a nadie, pero sin embargo, ella no podía ver más allá de las palabras que yo le decía. Jamás había conocido a nadie que aprendiese a leer entre líneas. Yo sabía que la persona con la que yo compartiese mi vida tendría que saber escucharme decir aquello que nunca decía. No era un capricho mío, era culpa de mi abuela.
Mi abuela paterna se llamaba Clotilde y era transparente como aquellas ventanas. Por culpa de eso, decía ella, la gente había conseguido hacerle siempre mucho daño. Solía pensar que si la gente no puede saber como eres, no sabe lo que realmente te hace daño y les resulta más difícil hacértelo. Por eso, y porque era un poco bruja, o eso decía, nos impuso el don de no poder pronunciar aquella palabra que mejor nos definía. Ella creía que era una bendición, pero para mí no. Si alguien no sabe como eres, no puede hacerte daño, pero tampoco puede conectar contigo. Yo intentaba por todos los medios darme a conocer, intentaba dar rodeos a la dichosa palabra, pero nadie conseguía nunca entenderme.
A mi hermana Rosa le pasa lo mismo. Ella no puede pronunciar la palabra nata. Lo descubrimos un día en una pastelería. Para nosotros es más fácil darnos cuenta, porque sabemos que hay una palabra que no puede decir. Cuando la dependienta le preguntó que de qué quería el bollo, mi hermana se quedó paralizada, con la boca abierta, se puso muy roja y finalmente dijo que prefería una palmera de chocolate. Luego fui fijándome en ella, en su forma de ser y entendí porque no podía pronunciar la dichosa palabra. Mi hermana Rosa es la persona más dulce que te puedas imaginar, tanto que siempre terminamos empalagados de ella. Además, por un problema de melanina, es la más pálida de la familia. Hasta ese momento no supimos que la palabra prohibida podía tener connotaciones físicas también. Siempre he pensado que si mi hermana tomase más el sol, podría decir la palabra nata, pero no chocolate. Y es que se han dado casos, que la palabra ha ido evolucionando a la vez que la persona. Mi tía Encarna, por ejemplo, de pequeña no podía pronunciar la palabra vergüenza, sin embargo, tras unos meses que pasó en el extranjero, volvió nombrando esa palabra a todas horas, por lo que entendimos, que mi tía ya no era más una persona tímida.

Salí de la taberna y me fui a casa. Yo tenía un problema muy grave con mi palabra. Mi familia creo que sí que sabía cual era. Mi madre por lo menos. Recuerdo cuando venía a arroparme a la cama y me decía: “No te preocupes, no te va a pasar nada porque la luz esté apagada. Y si vienes a dormir conmigo, no te pediré explicaciones”. Sí, ella sí lo sabía. Mi madre siempre tuvo buen ojo para nuestro secreto. A veces creo que mi padre se casó con ella solo porque había adivinado la palabra que no podía decir. Por eso mi madre no era como los demás. Si mi madre hubiese estado también afectada por la maldición de la abuela Clotilde, no podría decir la palabra excepcional, estoy seguro. Y yo quería alguien excepcional para mí también. Yo quería a alguien que aprendiera a verme como soy sin que yo tuviese que decírselo. ¿Y Marta era esa persona? No lo sabía. No estaba seguro, todo podía salir mal. Ella podía descubrir como era en realidad y marcharse, o enfadarse porque no había sido sincero con ella. Era arriesgarse demasiado, tenía que decirle que no podíamos vivir juntos hasta que no estuviese seguro.
Pensé en llamar a mi madre para pedirle consejo, pero seguramente se pondría mi padre al teléfono y no quería hablar con él. Mi padre era una persona muy severa y nunca había tolerado que yo tuviese dudas o que me equivocase y no tenía ganas de oír lo que tenía que decirme sobre mi relación con Marta. Mi padre no podía decir la palabra exigencia, porque él era en sí una exigencia. Se exigía a sí mismo, exigía de mi madre y exigía de nosotros. Mi madre lo supo en cuanto le vio y mi padre simplemente había caído rendido a sus pies. No, no podía afrontar el fracaso de decirle a mi padre que tenía dudas después de cinco años de relación. Me diría que no tenía claro lo que quería, pero eso no era cierto, yo sabía exactamente lo que quería, lo que no sabía era si Marta cumplía o no cumplía esas expectativas. Creo que mi padre pensaba que yo no podía decir la palabra duda, pero se equivocaba. Desde luego nunca iba a decirle a mi madre que se lo dijera. Probablemente mi padre se decepcionaría más si se enterase de la verdadera palabra que no podía decir, así que prefería que pensase que era un indeciso antes de imaginar siquiera lo que me diría con la palabra verdadera. No, definitivamente no podía llamar a casa.
Recuerdo que aquella noche no cené. Tal y como estaba podía sentarme mal cualquier cosa. Tampoco dormí casi. Tenía la impresión de que si permanecía despierto, el momento de decidir no me cogería desprevenido y podría pensar toda la noche. Nada más llegar a casa encendí las luces y el televisor y me senté en el sofá, de lado a la tele, a contemplar la calle desde la ventana. A pesar de que quedaban más de doce horas, me parecía que las cinco de la tarde estaban apunto de echarse encima de mí y para entonces, tendría que haber decidido. Me imaginé la casa con Marta allí. Intentaría dormir con la luz apagada, eso seguro, pero yo no podía hacer tal cosa. Hasta ahora, siempre lo había llevado bien cuando habíamos dormido juntos. Marta se dejaba encandilar con conversaciones nocturnas profundas, que a mí me encantaban, y nos manteníamos en vela hasta que amanecía, hora en la que yo podía dormir tranquilamente con la luz de la ventana. Nunca se había quejado, pero yo sabía que no podría mantenerla despierta todas las noches y quizás no fuese capaz de dormir con las luces encendidas. ¿Por qué teníamos que cambiar si hasta ahora iba bien? Entendía sus motivos, pero ella no me entendía a mí. ¿Cómo iba a poder saberlo? Esta situación me recordó a otra noche que había pasado en vela viendo la noche por la ventana. En aquella ocasión Marta había querido comprar un coche entre los dos. No recuerdo como, pero conseguí hacerla entender que odiaba los coches, que no pensaba subirme a ninguno. Le dije que no andaba muy bien de dinero y que sería mejor esperar, pero, sin embargo, nunca volvió a intentar hacer que me subiera a uno. Si no se podía ir en coche o en bicicleta, prefería no ir.

Antes de que me diera cuenta, me había quedado dormido sobre el sofá. Cuando desperté eran las diez de la mañana y tenía un mensaje de texto de Marta. No quise abrirlo y me fui a la ducha. El tacto de la alfombrilla antiresbalones me pareció más frío de lo normal. Me duché con agua templada tratando de no pensar en nada y salí de la bañera. Al agarrarme en la barra metálica que me había regalado Marta, volví a pensar en ella. Yo siempre decía que un día me mataría al salir de la ducha y ella había aparecido con aquella barra y con las herramientas para colgarla.
No sabía si comer algo o no así que decidí dar una vuelta por el cementerio para ver la tumba de la abuela. Quizás estando junto a la culpable de aquella situación podría ocurrírseme la manera de solucionarlo. El paseo hasta el cementerio me llevó una hora. No hacía mucho frío, pero por si acaso, me puse la bufanda y los guantes. Aquellos guantes también me los había regalado Marta tras un artículo que había visto yo en un periódico sobre la manera de contagiarse que tenían determinadas enfermedades a través de las manos. Pensé con cariño en Marta. Lo cierto es que sí me escuchaba. El problema era que no escuchaba lo que no decía, sólo lo que yo pronunciaba y yo no necesitaba eso, necesitaba otro tipo de oyente. Aunque me había regalado los guantes y la barra. Y la verdad es que había aguantado despierta todas las noches y había aceptado mis planes de vacaciones mochileras sin vehículos con motor.

La tumba de mi abuela estaba limpia, de eso se encargaba siempre mi padre, y tenía un ramo de flores frescas. Me atreví a quitarme un guante para acariciar el mármol. Después, volví sobre mis pasos, sin quedarme allí mucho tiempo y regresé a mi casa. Por el camino me di cuenta de que no llevaba los guantes puestos, debía habérmelos quitado al salir del cementerio. No sentí frío así que no me los puse. Al salir del cementerio recordé el restaurante donde nos llevaba a comer mi padre todos los uno de noviembre, cuando veníamos a ver a la abuela Clotilde, y decidí parar a comer allí. Me entretuve charlando con el dueño sobre mis padres y poniéndole al día sobre sus vidas. Habían perdido el contacto cuando mis padres se mudaron de casa y se cambiaron el teléfono. Le di el nuevo número y les llamamos desde el bar. Sólo estaba mi padre, pero no me dijo nada de Marta. Finalmente, el dueño me invitó a la comida. Salí de allí y me fijé en la hora. Quedaban veinte minutos para la cita con Marta y no llegaría a tiempo. Saqué el móvil para llamarla y recordé el mensaje de texto que me había enviado y que yo no había abierto. Lo abrí y lo leí antes de llamarla. Decía: “No me queda casi batería, he salido antes, estaré en la taberna a las cuatro y media. Te quiero.”
Por si acaso, la llamé, pero el teléfono estaba apagado. Miré a los lados de la calle, nervioso. No había manera humana de llegar a tiempo caminando, ya llegaba diez minutos tarde. Un coche se acercó despacio por el final de la calle. Desde donde estaba pude ver que se trataba de un taxi. Mi pulso se aceleró. Era la única alternativa. Sabía que si me lo pensaba no sería capaz de hacerlo así que lo paré en cuanto estuvo a mi altura y me metí en la parte de atrás con los ojos cerrados.
-A la plaza de Santa Bárbara por favor.-
Diez minutos después, me bajé del taxi justo cuando Marta salía entristecida de la taberna y se acercaba hacia el metro. Llevaba puesto un tres piezas rojo, y los rizos morenos le caían sobre la cara. Me vio salir del taxi y se quedó helada.
Me acerqué y la besé en los labios.
-Sí, quiero que vivas conmigo.- Dije sonriendo.
-¿Sí? ¿De verdad?- Preguntó realmente sorprendida.
-Sí.-
Sonrió y me besó.
-Pensé que dirías que no. Pensaba que tenías miedo.-
-Si, sé que lo sabías.- Sonreí. –Pero contigo ya no tengo…-Dudé un segundo.- contigo ya no tengo miedo.-

viernes, 25 de diciembre de 2009

NavidaZ

Felices mentiras a todos!

(y punto)

martes, 22 de diciembre de 2009

Bad romance!

Simplemente, me encanta este vídeo, sé que no tiene nada de navideño pero bueno, al menos me distrae...

domingo, 20 de diciembre de 2009

Reflejo VIII

Ella se acercó, primero su perfume, luego su cuerpo.
Su olor intentó seducirme, llegó imponente, luego se alejó para que yo me acercara… y lo hice.
-Me llamo Laura.- Dijo.
Olía a coqueteo, a flirteo en un bar. Digo yo que sonreía, o puede que no y todo me lo estuviese imaginando. Puede que ni siquiera se llamara Laura.
Yo solo veía aquello que su olor me susurraba al oído.
-Bésala en el cuello.- Me dijo.
Y en el cuello la besé.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente

NINGÚN AMOR CABE EN UN CUERPO SOLAMENTE

Eugenio Montejo

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque abarquen sus venas el tamaño del mundo,
siempre un deseo se queda fuera,
otro solloza pero falta.

Lo sabe el mar en su lamento solitario
y la tierra que busca los restos de su estatua;
no basta un solo cuerpo para albergar dos noches,
quedan estrellas fuera de la sangre.

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque el alma se aparte y ceda espacio
y el tiempo nos entregue las horas que retiene.
Dos manos no nos bastan para alcanzar la sombra;
dos ojos ven apenas pocas nubes
pero no saben dónde van, de dónde vienen,
qué país musical las une y las dispersa.
Ningún amor, ni el más huidizo, el más fugaz,
nace en un cuerpo que está solo,
ninguno cabe en el tamaño de su muerte.

martes, 15 de diciembre de 2009

La película de Dimitri

Oscar apagó el limpiaparabrisas y quitó la llave del contacto. Se quedó escuchando la lluvia mientras el sonido del motor iba poco a poco desapareciendo.
No llovía mucho, en Madrid siempre pasaba igual con el otoño, un par de aguaceros, una tormenta de algunas horas y de nuevo en primavera. El aire era otra cosa. Dentro del coche, Oscar podía escucharlo silbando a su alrededor, algo normal en Los Santos de la Humosa. Contempló el paisaje que se abría ante él disfrutando de la soledad. A aquellas horas de la tarde, con el sol aún por desaparecer, las parejas no habían acudido al mirador a disfrutar de unas vistas románticas, cosa que Oscar agradecía. Llevaba dos días sin poder soportar la visión de parejas enamoradas. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el volante.
Unas semanas antes, Oscar nunca hubiese hecho eso. No lo de ir al mirador, eso solía hacerlo cada semana, aunque nunca sólo, sino lo de apoyar la cabeza en el volante con los ojos cerrados. Bueno, hay que admitir, que antes Oscar nunca había estado enamorado. Todo era culpa de Aurora y de su pelo negro.
Abrió los ojos porque si los tenía cerrados sólo podía verla a ella. Ni siquiera era guapa, pero tenía una mirada tan intensa y unos labios tan sensuales que era imposible no enamorarse de ella. Si cerraba los ojos, Oscar tenía la impresión de poder tocarla si alzaba la mano, de que podía acariciar de nuevo su cuello y agarrarla por detrás de la cabeza, enredando sus dedos en el pelo para atraerla junto a él.
La noche que estuvo con Aurora en el mirador, no llovía. Ella llevaba un vestido marrón bastante corto con unos legis de color negro. Recordaba el nerviosismo con el que le había desabrochado el cinturón y con el que había deslizado cada tirante del vestido para dejar al descubierto sus hombros.
¿Por qué había vuelto al mirador? Ahí había pasado las dos mejores noches de su vida junto a Aurora, y a pesar de ello, ahora que la echaba de menos, volvía al mismo lugar, para imaginársela, o para intentar revivir algo de la esencia que había quedado impregnado allí.

Se preguntó cuando se había jodido todo. Él era capaz de precisar con claridad en qué momento se había roto la magia en cada una de sus relaciones. Siempre había algo que hacia que un resorte saltara en su cabeza y dijera: “Cuidado, se está enamorando de ti y tú de ella no”. Y aquella voz siempre tenía razón. Como con Sara. Dos días después del fin de semana, recibió una llamada suya y varios mensajes al móvil. Oscar se había dejado el teléfono en casa, pero al comprobar la impaciencia y la perseverancia de Sara, una lucecita se encendió en su cabeza: “Cuidado, puede ser una sicópata”. Y sin explicación ninguna, no volvió a llamarla ni a saber de ella. El disgusto le duró poco, después vinieron Berta y Candela, pero el disgusto también duró poco. Hasta que conoció a Aurora.
¿Le había vibrado el móvil? Lo sacó del bolsillo y lo comprobó. No, nadie había llamado. Subió el volumen al máximo, no fuera a ser que no se enterase si Aurora llamaba y dejó el móvil en el asiento del copiloto. A Aurora no le interesaba ni el Peugot descapotable de Oscar, ni su móvil de última generación, ni sus ojos verdes, ni la cicatriz que tenía en la mejilla. Eso era lo que más intrigaba a Oscar. ¿Qué narices le interesa a ésta? Pero al instante se arrepentía de llamarla ésta. Puede que también se haya dejado el móvil en casa. ¿Durante dos días? Puede que se le haya roto, o que lo haya perdido, o que se le haya borrado la agenda. Pero el móvil da señal, luego está encendido. ¿Da señal seguro? Si lo ha perdido, puede estar en cualquier parte y que la batería se esté agotando poco a poco. Puede ser, ella tampoco dijo que quisiera volver a verme. Tú tampoco se lo dijiste a ella y aquí estás. Ya bueno, ¿Por qué no me devuelve la llamada? ¿Seguro que tengo bien el número? El último mensaje se lo mandé a las dos, quizás aún esté durmiendo la resaca, esperaré a las cinco y llamaré de nuevo.
Miró su reloj, eran las cuatro y cuarto.

Sara ni siquiera esperó a que saliera de trabajar. Le estuvo acosando a toques, llamadas y mensajes hasta varios días después de tomar la decisión de pasar de ella. Elena había sido más comprensiva. Habían echado un par de polvos, se habían reído mucho en el cine una noche y ninguno de los dos había vuelto a saber del otro. ¿Se llamaba Elena? Quizás si que había querido saber algo de él, pero era la época en la que tenía la costumbre de dar el número falso, puede que Elena fuera una de las chicas a las que se lo dio. Ahora era más valiente, daba el verdadero y solía decir a la cara que no quería saber nada de nadie.
La angustia le volvía a veces al cuerpo como la marea. Desde que le había mandado el mensaje, estaba mucho más tranquilo porque tenía confianza en que le contestaría tarde o temprano, pero a medida que el tiempo iba pasando, esa confianza iba desapareciendo y se colocaba en su lugar una desazón interna. La angustia iba poco a poco creciendo, como la marea, hasta que se desbordaba, como la marea, y caía en la tentación de mandarla otro mensaje. Puede que no lo haya oído.

Decidió fumarse un cigarro para tratar de no pensar. Encendió el contacto y abrió un poco la ventanilla mientras apretaba el botón del mechero del coche. El aire frío de noviembre se coló por el pequeño resquicio e inundó todo el vehículo. Oscar sintió un escalofrío, pero no cerró la ventanilla, prefería el frío al humo. Encendió el cigarro y quitó el contacto. El viento iba en la otra dirección y las gotas de lluvia no entraban por la ventana. Sólo entraba el frío. A las dos caladas volvió a pensar en Aurora. Tenía que haber hecho algo mal. Sara lo hizo, Sara le llamó demasiadas veces, Sara fue muy pesada, Sara le agobió. Él no había sido así, él tenía razones para escribirla, para preocuparse. O al menos eso pensaba. ¿Por qué iba a estar agobiada ella? Si él no lo estaba y era el rey del agobio, no entendía como ella si que podía estarlo. Además, para él no era una estupidez, no la llamaba porque sí, era una necesidad, lo necesitaba, necesitaba oír su voz hablándole de nuevo de cine ruso y de libros que no se podían comprar el librerías normales. Oscar sólo leía porno, y no siempre, que la mayoría de las veces se limitaba a verlo en Internet, pero sin embargo, había sentido curiosidad. No iba a leer, por supuesto, pero podía escucharla hablando de libros raros.
Sonó el teléfono. Apagó el cigarro aún a la mitad y cogió el móvil con nerviosismo. Era Carlos. Probablemente querría saber que harían aquella noche y quien se encargaba de comprar la bebida. Colgó el teléfono con brusquedad. Lo único que faltaba era que si Aurora llamaba se encontrara la línea ocupada por Carlos. Había pensado decirle a su amigo que aquella noche fueran por los bares en los que podía cruzarse con ella, pero no sabía muy bien para qué hacer esto. ¿Qué le diría? ¿Y si la encontraba con otro? Tenía que decidir ya. Lo peor era la incertidumbre. Si al menos Aurora le mandara a la mierda, podría emborracharse en paz aquella noche y llevar a otra diferente al mirador. No, nunca podría traer a nadie más al mirador. Aquel mirador era de Aurora. Antes de dejar el móvil, marcó el número de ella y espero escuchando los tonos. Un tono. El corazón contenía la respiración. Otro tono. Tenía tentaciones de colgar. Más tonos ¿Y si contestaba tarde? Último tono. Podía no tener saldo. Un pitido. La voz de una operadora salió del teléfono, asustándolo. No era Aurora, sólo le decía que el teléfono no contestaba. Como si él no lo supiera. Dejó el aparato a un lado. Eran las cuatro y media.

El viento cambió de dirección y varias gotas se colaron en el coche, salpicando la cara de Oscar y resbalando perezosas por el cristal. Subió la ventanilla y resopló por la nariz.
Eso no era justo. Aurora debería como mínimo mandarle un mensaje. Uno corto, que sólo dijera: “Vete a la mierda”. O “Déjame en paz”, o cualquier cosa de esas que dicen las mujeres cuando no quieren que te acerques. ¿De qué valían las horas en el gimnasio si Aurora no llamaba? Podía coger la agenda, empezar por una letra y en seguida tendría dos o tres tías dispuestas a subir con él al mirador y hacer lo que quisiera. Pero no quería eso. Eran todas iguales, pendientes dorados de aro en las orejas, piercing en los labios, la raya del ojo hasta las patillas, minifaldas, botas altas, chaquetas con pelo en la capucha, comiendo chicle, camisetas de colores chillones dejando ver más de lo que deberían. Todas, desde Ana hasta Zulema. Follarse a una era follárselas a todas. Además no quería follar. Quería escuchar a Aurora hablando de cine. Todas eran iguales, menos Aurora. Sara tampoco era igual, Sara le había gustado, pero la había cagado. Sara tendría que saber que la había cagado, por eso no se molestó en darle explicaciones. Como Aurora. Aurora también debía saber que Oscar la había cagado, que no quería saber nada más de él. Pero Oscar no lo sabía. Quizás Sara tampoco lo sabía. Pues Sara si se merecía saberlo, al menos no vivir con la incertidumbre con la que vivía él.

¿Fue la música house? Ella había torcido la nariz al subirse en el coche y escucharla. El equipo de sonido tampoco la había impresionado. Prefirió quitar la música, escucharse el uno al otro. Pero si ni siquiera era guapa. Tenía las tetas pequeñas además. ¿Cómo se llamaba el director de cine ruso al que iba a ver este fin de semana? Podría presentarse en el cine. Seguro que no había mucha gente. ¿Dimitri? Es el único nombre ruso que sabe así que si no es Dimitri no es ninguno. Podría buscarlo por Internet. Joder que tías más raras. Seguro que ahora se está follando algún gafapasta en los baños de un cine de segunda mientras gimen en ruso. Sara al menos no protestó por la música y sonreía mucho. ¿Y si Sara no sabe que la cagó? Desde luego Oscar no la iba a cagar más. Había aprendido la lección. Antes de poner música, se pregunta. Y si alguien la caga, se le dice.
No como Aurora, que tía más rara. Sara era más normal, pero no llevaba piercing en los labios. Mejor. Oscar quería quitarse el de la ceja.
Carlos volvió a llamar. Carlos sí llevaba piercing. Esta vez contestó, había perdido la esperanza de que fuera Aurora. Se sentía abatido y arrepentido. Abatido por comprender que no había más de donde tirar y arrepentido porque se daba cuenta de que se estaba arrastrando por una tía. Le dijo que aquella noche no pensaba salir, que tenía planes con una chica. Carlos le preguntó si iba a ir al mirador con un tono bastante estúpido y una risita al final, Oscar le mandó a paseo y colgó.
Buscó un teléfono en la agenda y llamó. Aún no sabía muy bien que decir.
-¿Sara? Sí, soy Oscar.- La chica contestó. –Claro, no, normal que lo borrases, ¿Puedes hablar un segundo?- Otra contestación. –Sí, es rápido. Escucha, siento mucho haber desaparecido sin dar señales de vida. La verdad es que tenía un cacao increíble en la cabeza y…- Una interrupción.- En serio, no es una excusa. Sí, si me dejas te lo explico mejor.- Silencio y contestación. –Esta noche si quieres, pero sólo si quieres o te viene bien.- Contestación. –No, no pensaba ir esta noche.- Contestación.- Ya me ha dicho Carlos lo de la fiesta, pero no me apetece. ¿Te apetece tomar algo en la tetería? Podemos ir al cine. Creo que ponen una película de un ruso que se llama Dimitri.-

domingo, 13 de diciembre de 2009

jueves, 10 de diciembre de 2009

Reflejo VII

Cuando acabó la película, me sentí triste. No por el final de la misma, que más o menos era triste, sino por la certeza de que no iba a ser capaz de recordar ni remotamente todas las enseñazas que me trataban de transmitir. Triste porque sabía que la reseña que escribiría horas más tarde, no iba a conseguir que los futuros lectores entendieran un poco de los sentimientos que había despertado en mí esa historia. Triste porque sentía que todo el trabajo del director de la película y del guionista se iba a perder en el recuerdo en cuanto saliera de la sala. Ni siquiera me consoló el hecho de saber que yo era uno de los pocos que había entendido casi todo lo que se había explicado, ni el saber que había entendido perfectamente la visión del director. Estaba algo así como decepcionado conmigo mismo, y la verdad, es que no tenía razones para ello.

martes, 8 de diciembre de 2009

Suerte y talento

"Muchos creen que tener talento es una suerte; nadie que la suerte pueda ser cuestión de tener talento."

Jacinto Benavente

domingo, 6 de diciembre de 2009

Héctor

Tenía nombre de héroe griego y alma de dios olímpico. Solía fumar pequeños cigarros de tabaco de liar mientras hablaba sobre el sexo y su teoría del placer por el placer.
-No lo entendéis.- Decía echando el humo por la boca sin sujetarse el cigarro con la mano. Luego me miraba a mí, yo era su único cómplice. Yo sí lo entendía. –El placer hay que vivirlo con todo el cuerpo. Vivimos por el placer.-
Sonreí porque él me sonrió. Se giró y continuó caminando unos pasos por delante de nosotros, alejándose de la luz que proyectaba la última farola del pueblo.
Llevábamos en cada mano una litrona de cerveza y un cigarro. Los demás, no prestaban atención a los desvaríos de aquel griego perdido en el siglo XXI, ni a las lecciones que le dedicaba a su pupilo.
Aceleré el paso, haciendo crujir la grava del camino sobre mis pies, y me uní a él.
-Héctor –le dije- ¿alguna vez te has preguntado porqué hemos terminado conociéndonos?-
No pude ver que sonreía hasta que su rostro se iluminó con una calada del cigarro. Podía intuir por lo que le conocía, que la pregunta le había encantado, pero sabía, que le habría gustado más, con otro porro en el cuerpo además del que nos habíamos fumado en el parque.
-¿Cómo no íbamos a conocernos?-
Siempre solía responder con preguntas. Más todavía si su porro o cerveza estaban acabándose.
Tardé toda una tarde en que me explicara porque se hacía los cigarros tan cortos.
-El placer es para mí como estos cigarros.- Me dijo al fin. –Si me hago uno enorme, acabaré saciado, probablemente, a la mitad, y lo acabaré tirando o fumando por fumar.-
Yo siempre había pensado que se fumaba por fumar, al menos eso hacía yo, pero Héctor siempre tenía otra visión para todo.
-En cambio.- Continuó. – Estos cigarros, siempre me dejan con ganas de más. Tienen la cantidad justa para que pueda quedarme un tiempo tranquilo y para que al rato sienta la necesidad de fumar otro. Y puedo entretenerme fumándolo. Lo mejor de fumar es sentir que fumas. Ufffff – Usaba esa expresión constantemente mientras se llevaba una mano a la frente.- Y preparar el cigarro…-volvió a repetir la expresión- es como hacer la cama donde sabes que vas a follar.-
Volví a mirarle mientras el silencio se tendía entre los dos. Desde atrás nos llegaban los pasos de los otros amortiguados por alguna conversación lejana y algunas risas. Héctor no dijo nada. Le gustaba pensar estando conmigo. Yo sabía que la pregunta que me había hecho no iba hacia mí, sino hacia él mismo. ¿Cómo no íbamos a conocernos?
Uno de los chicos de atrás me llamó a voces para preguntarme cuanto quedaba hasta Buldeque, el pueblo al que nos dirigíamos.
-¡Media hora!- Grité para hacerme oír por encima de los teléfonos móviles que ahora habían encendido.

Llegamos a un claro donde se cruzaban varias vías agrarias que unían los pueblos de la zona. En ese punto, el río de la comarca aparecía del norte y daba un giro para situarse en medio de nuestro camino. En el centro de la explanada había una gran roca tallada, una especie de monumento rural. Héctor me agarró del cuello pasándome el brazo por encima. Parecía haberse olvidado de la pregunta.
-Vamos a pararnos aquí un rato, odio esa música y quiero mear.-
Anulado como estaba casi siempre en su presencia, me limité a asentir y a revolverle el pelo con la mano.
-Eh tío nada de mariconadas.- me decía mientras fingía que intentaba darme un beso en la boca.
-Aparta, como se entere Alba…-
-Querrá grabarlo en vídeo.- Dijo mientras se colocaba junto a un chopo para mear.
Yo no dudaba que ella quisiera grabarlo. Era algo así como Héctor solo que con tetas. Hubo un tiempo en el que pensaba que él podía ser perfectamente bisexual. Creo que hasta él se lo planteó. Pero entonces llegó Alba y la cosa cambió. Las teorías de Héctor se habían hecho reales en una chica pelirroja que era presidenta de una asociación de gays y lesbianas en la provincia. Yo quería mucho a Alba y ella me quería mucho a mí. Los tres teníamos, gracias a Héctor, o quizás no, las mismas ideas. Alguna vez me había incitado para acostarme con él porque no toleraba que su novio no conociese el sexo con otro hombre. Yo me había negado, muerto de vergüenza. Héctor era poco menos que mi hermano. Un hermano con el que hablaba de sexo, de orgasmos y de eyaculaciones con bastante asiduidad, pero un hermano al fin y al cabo. No niego que yo había tenido mis fantasías con él. ¿Quién no las tendría? Pero más que morbo, lo que tenía, era una curiosidad malsana por ver si lo que los dos entendíamos por placer era lo mismo. Cosa que yo sabía que en el fondo que no era así.
Nuestros amigos del pueblo pasaron y me dejaron una nueva litrona junto a la roca donde estaba sentado. Todos aceptaban tácitamente que Héctor y yo nos disponíamos a arreglar el mundo y que quizás cuando llegásemos a Buldeque, la fiesta habría terminado y tocaría volverse.
-Hazte un porro.- Le dije cuando volvió.
-Para que te lo fumes tú ¿No?- Dijo mientras se abrochaba el cinturón.
-Para que nos lo fumemos los dos.-
-Ufff Ahora que has dicho eso…- Empezó a sacar los utensilios necesarios, la piedra, el papel, las boquillas, el mechero… y me lo dio todo menos la piedra y el mechero.- El otro día me fumé el mejor porro de mi vida.-
Comenzó a quemar la piedra.
-Me quedé solo en casa con Alba y estuvimos follando toda la tarde mientras llovía. Tienes que follar cuando llueve. Ufff… Sientes como si el agua estuviera cayendo sobre ti y…-
-Estabais follando mientras llovía.- Dije para intentar centrarle. La disertación sobre la lluvia podría llevar a otra de follar en bañeras o en piscinas y de ahí el bucle era infinito.
-Sí.- Dijo pellizcando la piedra.- Y le pedí a Alba que me hiciera un porro. Uff no sabes como me pudo poner verla hacer un porro desnuda, a oscuras, con las tetas iluminadas cuando se encendía el mechero, fue…- No terminó la frase, sino que extendió la mano derecha con un golpe seco, sustituyendo la palabra con un gesto.
Le pasé el papel y se dedicó a alisarlo y a buscar la pega para colocarlo bien. Hasta que no tuvo todo mezclado sobre la hoja, no continuó. Yo podía oír el agua del río pasando por detrás de nosotros y, a veces, ráfagas de viento moviendo las ramas de los chopos.
-Nos lo fumamos a medias.- Hizo una pausa. –Fue brutal. ¿Alguna vez has fumado un porro después de follar?- Le dije que no con la cabeza, yo sólo fumaba porros cuando iba al pueblo, cuando me los preparaba Héctor.- Nos quedamos dormidos abrazados al instante, los dos desnudos, aún sudando.- Bajó el volumen de la última palabra, tratando de crear esa sensación que él había experimentado. Se sentó a mi lado mientras terminaba de prensar el cigarro.
No lograba entender su habilidad para preparar los porros sin apenas luz. Me lo tendió.
-Enciéndelo.-
Aparté el cigarro con la mano.
-Sabes que no me gusta encenderlos.-
-Quiero verte haciéndolo.- Me dijo sonriendo. Después me miró a los ojos muy serio.
Lo cogí con los dedos y me lo puse en la boca. Me pasó el mechero y lo encendí. Acto seguido, le pegué unos cuantos tiros mientras él permanecía en silencio bebiendo cerveza.
-Fumas como las niñas. Seguro que me has babao todo el porro.-
-Si te lo he babado te jodes, no habérmelo dejado.-
Se rió. En esos momentos no sabía si lo hacía de mí o de la situación. Me miraba con cariño, le gustaba verme probando cosas. Le pasé el cigarro.
-¿Cuál ha sido tu mejor porro?- Me preguntó de pronto.
-Ya sabes que sólo fumo aquí.-
-¿Sabes qué eso no responde a mi pregunta?-
-¿Sabes qué tú haces lo mismo?-
-¿Sabes qué yo tengo más estilo?-
Sonreímos y le dio un par de caladas al porro soltando el humo lentamente, con los ojos cerrados.
-Este está siendo bastante bueno.- Dije poniéndome en pie. La naturaleza me llamaba. Me acerqué al puente que teníamos a la espalda y poco a poco el sonido del agua fue haciéndose más fuerte. Mezclado con él, llegaba el ruido de una orquesta de pueblo tocando una especie de pasodoble.
Héctor permaneció en silencio hasta que volví. Me pasó el porro.
-Me gusta el sabor de tu saliva en el cigarro.- Me dijo.
Guardé silencio mientras me apoyaba el porro en la boca. No había notado la diferencia de sabor del porro recién encendido al que tenía en los labios hasta que él lo había dicho. Quizás por eso había querido que lo encendiera yo.
A mi también me gustaba el suyo, pero no podía decírselo sin que sonase raro. Él era así, podía decir lo que pensaba por muy duro, cómico, desagradable, raro o inconveniente que resultase, pero los demás no. Y no porque él nos juzgase, sino porque nos juzgábamos nosotros mismos.
-Creo que nos conocimos antes de ser como somos y que somos como somos por habernos conocido.- Dijo de pronto cambiando de tema.
Me costó asimilar que se refería a la pregunta que le había hecho poco después de salir del pueblo.
-¿Cómo? No he entendido eso.-
-Sí joder. A ver. Tú eras uno antes de conocerme, y yo era otro. ¿Vale? Después nos conocimos, pero no conectamos. No existía “esto”-me señalo- pero de repente, un día, en uno de los dos surgió una idea que sin querer, fue percibida por el otro. Ufff cada vez lo veo más claro. No sé cual de los dos la tuvo, imagino que tú, para eso de las ideas eres único. –coincidía con él, Héctor simplemente llevaba a la práctica lo que yo pensaba- Luego, los dos maduramos la idea, juntos o separados, eso da igual. Estábamos hechos para “esa” jodida idea –dijo muy despacio- y poco a poco la hicimos nuestra hasta que un día - recogió el porro que le tendía- el uno la vio clara en la forma de pensar del otro… Y ahí empezó todo.-
Me quedé en silencio. La teoría no me disgustaba.
-Uff es genial.- No paraba de repetir.
-¿Y cómo terminará?- Pregunté.
Me miró con el cigarro colgando de la boca. La nueva pregunta, el nuevo reto, ya no le gustaba tanto. Los dos pensábamos que las cosas duraban lo que duraban, que había que agarrarse a ellas el tiempo que estuviesen con nosotros. Yo exprimía a Héctor cada minuto y absorbía sus palabras como una hormiga guardaba trigo para el invierno. Sin embargo, la idea de un final a nuestra relación era algo inconcebible. Ciertamente, yo no me lo imaginaba, eso era lo bueno de no habernos acostado, que nuestra relación era compatible con muchas otras relaciones simultáneas.
-Imagino que cuando uno de los dos descubra que no piensa como el otro.-
De repente ya no se escuchaba la música, ni la brisa, ni el agua. Hubo un silencio bastante tenso.
-Antes has contestado a cómo nos conocimos, pero no a por qué.-
El cambio de tema lo cogió desprevenido esta vez a él. Me pasó el porro.
-Si que lo he hecho. Nos conocimos para ser así. Porqué teníamos que ser así y nos necesitamos el uno al otro para ser así.-
-Y si algún día eso falla, si descubrimos que no pensamos igual, quiere decir que no somos así, o que, quizás, nunca lo hemos sido.-
Entrecerró los ojos y se puso en pie para acercarse a mí. Apuré el porro y tiré la chusta al suelo.
-¿Crees que pensamos igual o no?- Me preguntó.
Me acerqué más a él y expulsé el humo que me quedaba en los pulmones.
-¿Alguna vez has pensado en besarme?- Le contesté.
-¿Qué tiene que ver con…?-
-¿Lo has hecho?- Me acerqué más. El no se movió pero apartó la vista.
Volvió a mirarme.
-¿Tú que crees?- Me dijo.
-Creo que de tu respuesta dependen muchas cosas de nuestras teorías.-
Me sonrió, despacio, me agarró la cara con las dos manos y se giró. Caminó hasta el puente.
-Tranquilo, seremos amigos mucho tiempo.- Dijo mientras comenzaba a subirlo lentamente, con la seguridad de que yo subiría detrás de él.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Razones de que no se use el condón en África

Gracias patito....
Así van las cosas y así nos las hemos inventado...


miércoles, 2 de diciembre de 2009

Reflejo VI

El autobús parecía no ver los resaltos por los que pasaba a toda velocidad mientras iba acercándose a la estación. La música de mi reproductor mp3 sonaba distraída y yo contemplaba mi reflejo a través del cristal. Me resultaba extraña la sensación de encontrarme en el vehículo sin tener un libro entre mis manos, pero me permitió ser más consciente del viaje. Me fijé en la gente que subía, en la que bajaba, escuché un par de conversaciones, miré por la ventana maravillándome por el espectáculo de luces que ofrecía Madrid durante la noche y disfruté de la sensación de estar yo solo conmigo mismo. También me dio por pensar, que a veces viene bien. Es curioso cómo no soy capaz de recordar ninguna canción de las que sonaron durante el trayecto y cómo sí soy capaz de recordar el tacto que tenía el asiento de mi derecha donde llevaba puesta mi mano. Al llegar a la estación, cerré los ojos dejándome envolver por aquella sensación de paz y de tranquilidad, de armonía conmigo mismo. Traté de memorizarla y grabarla a fuego en mis recuerdos, con la intención de acudir a ella y convertirla en mi refugio cuando me quitara mis auriculares y el ruido de la vida me golpeara de nuevo.