viernes, 23 de octubre de 2009

La religión de Claudia

Apagó su teléfono móvil y lo introdujo en el bolsillo de su chaqueta de pana. Antes de seguir a su madre y a su abuela por el pasillo de la iglesia que se dirigía a los primeros bancos, Claudia echó un vistazo a la plaza que se extendía delante de la iglesia de su barrio. Su madre la chistó desde el fondo de su abrigo de visón y la instó a darse prisa para sentarse junto a ella. Claudia obedeció y se sentó en un banco de roble que había en la tercera fila. Más allá de la montaña de pelo marrón que era su madre, había otra montaña similar pero de pelo gris. Claudia sabía que allí estaba su abuela. Ambas mujeres eran rubias, ninguna natural, y ambas llevaban debajo de los visones unos elegantes vestidos comprados y escogidos únicamente para lucirlos en la iglesia.

Claudia se alisó los pliegues de su falda y se desabrochó la chaqueta. Su madre la observaba con ojo inquisidor por si hacía algo indebido en la casa de Dios.

Cuando la mirada de María se apartó de su hija, ésta suspiró y entrelazó las manos. Miró el reloj y vio que quedaban quince minutos para que sus amigos se encontraran frente a esa misma iglesia para ir juntos al cine. Ella les había prometido que iría, pero no había contado con la visita semanal de su abuela Emilia y su consecuente viaje a la iglesia. Por eso, se había visto obligada a mandarles un mensaje, cancelando su asistencia y apagar el móvil. Su madre estaría orgullosa de ella. Siempre lo estaba. Al menos delante de la gente. Cuando estaban en casa, María no prestaba mucha atención a su hija.

Claudia no se parecía ni a su madre ni a su abuela, que parecían copias exactas con varios años de diferencia. Ella tenía el pelo moreno y rizado, como su padre. Las tres tenían los ojos marrones, pero la figura de Claudia era mucho más esbelta y proporcionada que la de sus antecesoras, además, ella tenía curvas, característica que no compartía ni con su madre, ni con su abuela. María tenía un cuerpo delgado y alto que nunca había conseguido domar. Era guapa, pero no bella. No al menos como Claudia. La chica tenía una belleza dulce y encandiladora, la piel sonrosada y el cuerpo plenamente desarrollado. Tendía a imaginárselas como dos palos con abrigos de visón, serias y rígidas.

Emilia se puso en pie en cuanto percibió la llegada del cura y estiró su cabeza todo lo que pudo para destacar entre sus compañeras de banco, lo que le dio más aspecto de palo. María y Claudia siguieron su gesto y se pusieron en pie. Claudia miró a las dos mujeres que la acompañaban mientras repetían palabras que se sabían de memoria sin siquiera pensar en ellas y en lo que significaban. Después, se volvieron a sentar. Ninguna de las dos miró a Claudia en el resto de la ceremonia. La niña iba alternando miradas de una a otra y las comparaba con el resto de mujeres que había allí.

Se veían pocas adolescentes de su edad, pero las que había parecían estar concentradas en lo que estaban haciendo. Giró la mitad de su cuerpo y dirigió su mirada hacia la luz que se colaba por debajo de la gran puerta de madera, pero un pellizco de su madre la hizo volver la mirada al frente.

María no la regañó, sino que siguió concentrada mirando al altar. Mientras Claudia se frotaba la zona dolorida del brazo se puso a pensar en su madre cuando no estaba en la iglesia. No le sorprendió descubrir una María muy diferente a la que se encontraba allí, pendiente de sus movimientos, aunque fingiendo que atendía las palabras del cura. Nunca la había visto coger la Biblia, incluso no sabía si tenían una en casa. Era probable, pues todas las habitaciones estaban plagadas de estampas religiosas y cuadros enormes de Vírgenes. Todas menos el dormitorio principal. Tampoco la había oído rezar. Ni siquiera sentía que aquella mujer fuera cristiana. Es como si su madre solo acudiese a misa para exhibirse los domingos ante los vecinos, para exhibirla a ella. ¿Pero entonces? ¿Creía su madre en lo que hacía allí los domingos? Claudia entrecerró los ojos y frunció el ceño mientras continuaba sin apartar la vista de su madre. Poco a poco, descubrió que ella no estaba pendiente de las palabras que se estaban leyendo en el atril, sino que observaba con descaro a la gente que estaba en misa. Movía los ojos con rapidez de un lado a otro, pero sin dejar de repetir como un papagayo las palabras que todos coreaban.

Abatida y decepcionada, bajó la cabeza y se miró los pies. Ella estaba dispuesta a sacrificar las tardes de los domingos si era importante para su madre. Entendía, a sus dieciséis años, que la fe en la religión era un bálsamo para mucha gente, pero para su madre sólo parecía ser un entretenimiento. Sintió que su madre se estaba riendo de toda la gente que estaba allí por verdadera devoción. Incluso sintió que se reía de ella misma al tratarla como un trofeo que podía enseñar a las vecinas una vez por semana. Claudia, a sus dieciséis años y desde su ignorancia, se sintió insultada por la frialdad de su madre y de su abuela. Entendió porque después de misa las tres iban a la chocolatería de la plaza y se pasaban horas hablando sobre las vecinas a las que habían saludado amablemente.

-Y yo que creía que las estaba decepcionando por no estar segura de si creer o no…- Se dijo Claudia mientras un fuego de vergüenza le subía desde los pies y le golpeaba con furia la cara. Tenía ganas de gritar, de enfadarse con su madre y con su abuela, pero sabía que no era el momento. Intentó calmarse cuando les tocó volver a ponerse en pie, pero aquel descubrimiento la había dejado incapaz de controlar sus emociones.

-Yo, que no creo, o que no sé si creo, aguanto aquí cada domingo palabras que no tienen ningún efecto sobre mí. Intento comportarme de manera correcta según las enseñanzas de la Iglesia porque pensaba que ése era el modo en el que mi madre deseaba que me comportara para ser una buena persona.- Se apartó un rizo de la frente y se lo colocó tras la oreja. – Pero ella no se comporta así. Quiere para mí algo que no quiere para ella. Y eso es injusto. Ella puede decidir qué es bueno para mí o qué no lo es. ¿Pero cómo querría alguien algo para su hija que no considerase bueno para sí mismo?- Volvieron a sentarse todos. Todos menos Claudia.

Su madre enseguida la agarró de la muñeca y tiró de ella una sola vez, obligándola a sentarse antes de que alguien se diera cuenta de su despiste. Pero Claudia no estaba despistada. Al contrario, estaba más atenta que nunca. Sin mirar a su madre, o despedirse, salió hacia el pasillo central y, ante el profundo silencio de la iglesia y el asombro de sus vecinos, salió a la luz del sol para dirigirse al cine. Tras cerrar la puerta del templo, las piernas comenzaron a temblarle. No se detuvo en aquella sensación, sino que salió corriendo en dirección al centro comercial mientras encendía su teléfono. Si se daba prisa, aún podía llegar a la película. Sonrió, abriendo mucho la boca, mientras el aire frío le golpeaba la cara y le azotaba los rizos. Era la primera decisión que tomaba por sí misma, y le había gustado.

4 comentarios:

Felipe dijo...

Claudia aprendió a decir NO por primera vez y a pensar por si misma. Mientras, su familia, se enfrascaba en el ritual del qué diran: "la buena familia" y la "gente de bien" que alardea de virtud en público.

edu_art dijo...

haz lo que yo digo pero no lo que yo hago..

muy bueno el relato :) como siempre

txïo [patito-feo.es] dijo...

Y todos aplaudimos su decisión.
:)

Zorro dijo...

De qué me sonará a mí éste otro relato jajaja.

Un abrazo compañero