martes, 1 de julio de 2008

El Teléfono.

Contemplaba el teléfono como si su vida dependiera de no parpadear, como si al cerrar los ojos la felicidad se fuera a escapar volando a través de él y su vida ya no tuviera sentido. El teléfono, irónico recuerdo de las promesas no cumplidas. Miraba sus ojos desafiante, sonreía con desgana y aguantaba la mirada. Un teléfono gris, antiguo, de ruleta, pero nadie llamaba.
La noche había entrado sigilosamente en el silencioso cuarto y se había acomodado encima de una silla, llenando de sombras la habitación. Tan solo una lámpara de pie alumbraba la escena desde una esquina. Comprobó el cable del teléfono por décima vez en toda la tarde y se acomodó de nuevo en el sofá con los brazos cruzados bajo la barbilla y la mirada fija en los números de la ruleta, esperando una señal. La lámpara parpadeaba de vez en cuando, cansada de alumbrar aquella triste escena y de buen grado se hubiese fundido para dejar llorar en paz a aquélla melancólica figura que seguía pendiente del singular aparato.

Llega un momento en el que no sabes cuanto dura un minuto ni una hora, ni si has comido en varios días o si alguna vez te prometieron que te iban a llamar. La primera hora barajas dos o tres posibilidades acerca de la razón por la que no lo han hecho, luego descartas alguna y rumias una con excesivo gusto, regodeándote en tu propio consuelo, olvidándote de que se han olvidado de ti. Luego acabas descartándola y comienzas a odiar, a maldecir y a cabrearte con el ser de memoria frágil que no se acerca al teléfono. Pero eso también pasa, es entonces cuando todos los malos sentimientos desterrados se vuelven contra ti y te culpas por seguir mirando con insistencia el teléfono, al que comienzas a decir mentalmente: suena, suena, suena,... No es aun el punto más patético que puedes alcanzar, sin duda apenas no se habrá puesto el sol y ahora es cuando puedes comenzar a pensar en llorar, o llorar sin pensar que lloras, que es como lo primero pero más deprimente.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y decidió levantarse, sus piernas estaban entumecidas y le costaba andar. Salió de la habitación y caminó sin hacer ruido a lo largo del pasillo. Tan solo escuchaba el zumbido incesante de la bombilla apunto de fundirse y una leve brisa golpeando suavemente la ventana. Sus pasos sonaban por el corredor amortiguados por los calcetines y la alfombra, apenas un suave frotar. Caminaba sin rumbo, quizás hacia la cocina. Hacía varias horas que ya no pensaba en nada. Se sirvió un vaso de agua y volvió a la habitación. Aguantó así otra hora más, después decidió vestirse y marcharse a pasear, cualquier sitio sería mejor que estar en casa. Total, ya había dejado de lado varias amistades esperando una llamada que distaba mucho de ser real. Su cuerpo agarrotado se lo agradeció y su mente engangrenada y enojada no pudo menos que alegrarse y apoyar la decisión. Agarró una chaqueta vaquera y miró por última vez el teléfono con aire deprimido antes de salir por la puerta. Al llegar a la calle, justo cuando el bullicio y los coches saturaron sus oídos y se sintió a gusto lejos de la soledad de su casa y la angustia de su cuarto, justo entonces, sonó el teléfono y nadie había allí para contestarlo....

2 comentarios:

Fran dijo...

La espera al teléfono, esa sensación que tu has descrito genial, mucho mejor que algunos escritores conocidos e incluso premiados.

Lila dijo...

esta muy bueno... describiste el perfil patético que nos delinea el rostro y la mente cuando esperamos a que el teléfono cobre vida.. te digo que yo he estado esperando por una llamada desde hace muchísimo tiempo (8 meses) y es desesperante mirar el cel, de vez en cuando se logra ir el mal sabor, con cada llamada perdida nace la esperanza de que sea la anhelada.
date una pasadita por el mio y me dices que piensas