viernes, 13 de junio de 2008

Hace tanto tiempo...

El palacio de mármol blanco, reluciente se recortaba sobre la colina deslumbrando las estrellas y salpicando el cielo de luz. Tenía todas las antorchas encendidas y desde lejos se escuchaba la música de las múltiples bandas que se habían apostado en las salas de baile y el comedor. El camino que llevaba a la fiesta serpenteaba por la colina verde, parecía una mancha deslizante de gravilla que caía desde la puerta del palacio hasta el pie de la colina. En la puerta, varios pajes recibían a los invitados y los acompañaban al interior tras revisar sus invitaciones. Iban vestidos con finos chaqués azul marino y pantalones negros, llevaban el pelo peinado hacia atrás y no mostraban expresiones significativas en el rostro. Detrás del gran muro de granito que custodiaba el palacio se extendía un puente también de mármol blanco adornado por farolas. La barandilla estaba formada por una multitud de arcos que se cruzaban unos con otros. Cientos de personas entraban y salían del recinto o paseaban por el puente asomándose al foso que cruzaba. El agua del mismo era el que cubría todo el palacio, que se encontraba formado por una multitud de puentes y cúpulas de mármol. Cada cúpula era una habitación. Había puentes cubiertos, puentes descubiertos, puentes con escaleras para bajar al foso, los que no tenían barandilla, etc... Un palacio enorme al fin y al cabo con varias plantas, aunque la parte de arriba tenía menos puentes. Al final del puente principal se encontraba la cúpula de la entrada, un círculo enorme de cuya primera mitad estaba descubierta y de ella salían tres puentes, del círculo interior subían dos escaleras hacia el piso superior. A derecha e izquierda los otros puentes, más pequeños que el principal, se desviaban hacia dos cúpulas enormes que estaban cubiertas con finas cortinas de seda, de entre las cortinas podían verse sombras bailando, risas y música. Eran las dos cúpulas que formaban las salas de baile. En ellas había música, una pista y bebida abundante. Los invitados se afanaban en seguir los pasos y en contemplar a los más expertos. De allí salían más puentes a otras cúpulas con comida, otras con sillones, a la biblioteca, todas las salas estaban repletas de gente y de luz. Los hombres vestían chaqués, esmoquin o túnicas negras según su procedencia. Las mujeres lucían tocados especiales, vestidos largos de colores oscuros o túnicas negras. Los esclavos vestían todos túnicas blancas. En el palacio se mezclaban voces de diferentes lugares, distintas lenguas e idiomas. El piso de arriba estaba destinado a las habitaciones de los habitantes de la casa, los baños, los baños de vapor, la piscina y las salas de trabajo. En el sótano, bajo el agua estaban las habitaciones de los criados, las cocinas y el almacén. El estanque, con variaciones de profundidad tenía en algunas partes nenúfares y plantas acuáticas, otras estaban preparadas para baños y competiciones de natación. En otros lugares su agua era aprovechado para crear hermosas fuentes que combinaban con luces y sombras, con cambios de potencia y variaciones de altura. El palacio era famoso por las fuentes y por los espectáculos que daba en sus múltiples fiestas. El palacio ocupaba toda la cima de la ladera y alrededor de sus murallas se agolpaba el populacho del pueblo para ver el lujo y los excesos de la gente rica, para contemplar que peinados eran los más bellos o que personaje acudía a aquel evento que ellos mismos pagaban y con el que disfrutaban sin saberlo y sin quererlo del todo. Ninguno de ellos llegaría nunca a ver el palacio de cerca. a poder bailar con el príncipe de aquel territorio oriental que tan bonito era o hablaran de filosofía con un gran bailarín ni escucharan la última composición del músico de moda. Aun así eran felices oyendo desde lejos los ecos de una risa femenina o un acorde de alguna canción, desde los balcones del piso superior también veían luces, incluso a veces se veía a alguna pareja fugaz asomarse para charlar con una copa de licor en las manos. Dependiendo de la fiesta podía durar noches enteras y los últimos invitados salían al amanecer perseguidos por los primeros rayos del sol, sobre todo en verano, en los cortos inviernos que azotaban la zona las reuniones solían celebrarse en el piso de arriba y duraban mucho menos, eran tiempos felices para la gente pudiente. Lástima que ya no exista ese palacio, lástima que solo quede mi memoria para recordarlo. Aun recuerdo aquella ultima noche, cuando me aleje de allí con la música aun en mis oídos y tus besos, princesa, en mis labios...

1 comentario:

EL TABERNERO dijo...

La memoria viva es poderosa, más que la historia escrita.
Buen relato y mejor descripción.
¡Un saludo!