domingo, 13 de enero de 2008

04:36 AM

Abrí los ojos bruscamente mientras ahogaba un grito. Mi respiración estaba agitada, mis puños cerrados con fuerza, crispados. El pulso me latía con violencia en las sienes como dos grandes martillos y me impedía escuchar con claridad los ruidos de mi alrededor. La sangre se agolpaba en mi cabeza aumentando la presión. Tenía náuseas.
A tientas y jadeando me incorporé sobre mi cuerpo y traté de prestar atención a los sonidos que me perseguían por encima de los latidos de mi corazón. Con una mano, temblorosa aún, me retiré un mechón de pelo de la cara y me limpié el sudor que perlaba mi frente.
Entrecerré los ojos y observé a través de ellos la oscuridad que reinaba a mi alrededor. En ese estado de confusión no distinguí ninguna sombra, silueta o perfil que me fuera conocido. Apreté los ojos y me puse la mano en el pecho para tratar de calmarme. Tragué saliva con esfuerzo y respiré hondo. Tenía la boca seca y los ojos llorosos. Tras varias bocanadas volví a abrir los ojos y comencé a observar todo con una nueva luz.
Empezaba a recordar cosas de mi mismo. Ya no me perseguían. Estaba a salvo y las figuras de mi alrededor comenzaban a perfilarse en formas conocidas.
Aún me costaba dividir la fantasía de la realidad. ¿Qué era cierto y qué era mentira? Traté en vano de buscar un recuerdo al que aferrarme como una tabla que flota en medio del mar.
Retiré la mano de mi pecho y con suavidad aparté la manta que aún cubría mis piernas.
Con movimientos torpes y cansados giré las piernas y las dejé colgando del borde de la cama. Cuando mis pies tocaron el frío suelo de madera dejaron de temblar. Estaba realmente agitado y cansado. Había hecho un gran esfuerzo, estaba exhausto.
De forma abatida, posé mi rostro sobre las palmas de mis manos y, apoyando los codos sobre mis rodillas y sin querer, ni poder, evitarlo, comencé a llorar por una sensación que no recordaba. Por un mal trago que no ocurrió en realidad, por una angustia que no había sentido. Lloré a solas, creyendo en la razón que me hacía llorar. Lloré a solas, desahogando toda la tensión y la presión de mi cabeza. Lloré hasta casi quedarme dormido de nuevo sin recordar nada de nada.
Todo ha sido un mal sueño, me dije, has tenido una pesadilla, eso es todo.
Una pesadilla...
Si, tal vez haya sido una pesadilla.
...Tal vez...

1 comentario:

Isabel dijo...

...no era una pesadilla...es la cara negra de la vida que a todos nos persigue...ninguno somos santos...
...¿o sí?...