jueves, 20 de noviembre de 2008

Dos palabras

Te besé en la boca y me aparté despacio. Mis labios ardían por el contacto con los tuyos. Tardabas en abrir los ojos y pude deleitarme contemplando la forma en la que no me mirabas cuando nos besábamos. Tus pestañas caían de forma informal sobre tus mejillas, acariciándolas, cerrando el paso a la luz y al dolor a tus ojos de aguamarina. Me contuve las ganas de besarte los ojos y sonreí. Tenías la boca semiabierta, esperando la llegada de un segundo beso, ansiosa. Avancé un dedo torpe, esperando que no abrieras los ojos, y acaricié tus sonrosados labios, muy suavemente, temiendo romper el encanto. El labio de abajo hacía un semicírculo carnoso en el que reposaba un labio superior prácticamente inexistente. Te amé tanto en ese momento que creí que iba a dejar de respirar, que temí que el mundo se fuese a parar para siempre en aquel momento, que me dio igual desaparecer de la faz de la tierra si me llevaba ese sentimiento conmigo. Rezaba porque no abrieses los ojos, porque permanecieses así durante horas, durante el tiempo necesario para memorizar cada detalle perfecto en mi cabeza para siempre. Sonreíste. Sin poder evitarlo sonreí también. Tu cara se giró y se acercó a mi mano. Abrí todos los dedos y agarré tu rostro con suavidad. Paseé el pulgar por delante de tu oreja, deslizándolo despacio por tu mejilla. Estaba suave. Noté como se te habían puesto de punta los pelos del final de la cabeza y me estremecí. Me acerqué despacio y deposité otro beso en tus labios. No abrí mi boca, solo apreté, suaves pero con firmeza, mis labios a los tuyos. Luego te besé la punta de la nariz, haciéndote sonreír de nuevo y luego la frente. Quería besar cada parte de tu rostro. Aparté algunos mechones de flequillo con la mano que me quedaba libre y, después, te acaricié la cara con el dorso de la misma. Tu rostro pareció cobrar vida y tus labios se acercaron despertando hasta mi mano para besarla. Me acerqué hasta tu oído y susurré un “te amo” con voz queda, casi sin sonido, ahogado por la emoción y la cantidad de saliva que se agolpaba en mi garganta. Apoyé mi cabeza en tu frente y cerré los ojos para escucharte decir un “yo también” emocionado, firme, seguro, simple y desgarrador. Dos simples palabras. Las dos palabras que más feliz me habían hecho en toda mi vida.

3 comentarios:

Nacho G.Hontoria dijo...

Vaya escena Marcos... voy a llamar a mi novia...

Whaden dijo...

Le parecerá a usted bien poner aqui a todo el personal con las hormonas revolucionadas... muy bonito!! eh?

Lila dijo...

no se si me gustaria ser ella para inspirar tanta pasión o ser tú para llenarme de tanta gracia.