jueves, 18 de febrero de 2010

Día 1

Era sábado, el día antes del Domingo de Ramos, y mi madre me había levantado temprano para poder dejar la casa recogida antes de irnos de viaje. Todas las Semanas Santas, mis padres y yo nos marchábamos siete días de Madrid a Asturias con otro matrimonio amigo suyo y su hijo Toni, que en aquel momento, era mi mejor amigo. Aquella semana no parecía diferente a otras que habíamos pasado en aquel caserón apartado, pero sólo lo parecía.

Mi padre llegó a la hora de comer del trabajo y, tras recoger todos los platos, nos pusimos rumbo a aquel lugar tan alejado.

Estuve jugando un poco a la Game Boy para distraerme hasta que me quede dormido como un tronco. A mi madre no le hacía mucha gracia que jugase, de pequeño, me había llevado a un montón de médicos para que me mirasen los ojos y cerciorarse de que el hecho de que tuviera un ojo azul y otro marrón no supusiera ningún problema. Aún así, ella seguía insistiendo en que ver la tele o jugar a la consola iba a empeorarlo. Yo ignoraba como podía empeorar algo que había permanecido igual durante casi dieciséis años o como una pantalla luminosa iba a modificar la genética de mis ojos, pero por no escucharla, procuraba jugar poco delante de ella.

Cuando desperté, me di cuenta de que había empezado a llover y que prácticamente era de noche.

−Ya queda poco para llegar Julito −me dijo mi madre sonriendo.

Odiaba que mi madre me llamase Julito, como cuando tenía diez años. Julio me parecía un nombre mucho más acorde con un chico que iba a cumplir los dieciséis en mes y medio.

Además, me daba igual que estuviésemos llegando, me gustaba viajar en coche. Mi padre parecía disfrutar conduciendo tanto como yo viajando, por lo que podía hacerse grandes viajes sin parar. De hecho, la mayoría de las veces que habíamos parado, había sido por mi culpa y mis ganas de ir al baño. En aquella ocasión, como me había despertado hacía poco, sería capaz de aguantarme hasta que llegáramos al caserón.

No recuerdo si tenía muchas ganas de ver a Toni o no. Imaginó que sí, aunque lo cierto era que le había visto el día anterior en clase. Toni y yo íbamos juntos al colegio desde hacía cuatro años, cuando ambos teníamos doce, pero éramos amigos prácticamente desde que nacimos. Nuestros padres formaban parte del mismo grupo antes de casarse y, por casualidad, nuestras madres se quedaron embarazadas en el mismo año. Los dos nacimos con una diferencia de quince días entre mayo y junio. Por supuesto, yo era el mayor y, como tal, siempre había adoptado un papel protector frente a Toni.

No es que se metiera en líos constantemente, pero era un imán para los matones. Le gustaba leer y estudiar, llevaba gafas y nunca jugaba al fútbol. La verdad es que dentro de la escuela, no teníamos mucha relación. Era el único que no me llamaba “Husky”, mote que, por cierto, era muy poco ingenioso y del que estaba verdaderamente asqueado. Él andaba con sus libros y sus conversaciones arriba y abajo y yo con mis partidos de futbitol y mi tonteo con las chicas de segundo, que hasta aquella semana, habían sido todo a lo que aspiraba en el amor.

−¿Te has traído el balón de fútbol? −preguntó mi padre.

−¿Para qué? Si va a estar Toni… Me he traído la consola.

Mi padre asintió en silencio, aquello valía como explicación y como final de la charla. No era muy usual que yo hablara con mi padre. Se limitaba a hacerme algún cuestionario sin mucha profundidad sobre mis estudios y sobre las chicas que me gustaban. Este último tema era el único que parecía despertar en él cierto interés e incluso algún tipo de orgullo paterno al ver a su hijo convertido en un rompecorazones.

Llegamos por fin a la casa cuando ya era totalmente de noche. Habíamos conducido más de veinte minutos desde la última aldea. El Seat Ibiza de mi padre hizo amago de quedarse atascado en la entrada de la finca en un enorme charco de barro que se había formado por la lluvia. Los faros del coche fueron iluminando una casa totalmente pintada de blanco, de tres pisos de altura y construida a modo de mansión señorial. Algunas luces de la planta baja estaban encendidas, así como una de la segunda planta. El resto del jardín y de la casa, permanecía a oscuras. No presté mucha atención a aquellos detalles, la casa estaba, seguramente, tal y como la habíamos dejado cuando la alquilamos el año anterior. Me bajé del coche con mi mochila, me puse la capucha de la sudadera para no mojarme con la lluvia y me encaminé corriendo hacia la entrada mientras mis padres descargaban las maletas. Por las luces, supuse que la familia de Toni ya se encontraba ahí.

La primera en abrir fue la madre, con un delantal puesto y una cuchara de madera en la mano.

−¡Madre mía como llueve! Hola Julito ¿Qué tal? −Me dio dos besos mientras yo sonreía.

−Bien −dije tímidamente.

−¡Julio! Haz el favor de ayudar con las maletas a tu padre −Mi madre entraba en ese momento con su maleta y una bolsa de comida.

A regañadientes, corrí hasta encontrarme con mi padre, que no me miró con buena cara. De hecho, según creo, que estuviera la madre de Toni asomada a la puerta, me salvó de un bofetón de los que me ganaba habitualmente. Me lanzó mi mochila de viaje y dos bolsas con fruta. Las cogí y volví a la casa. Alcé la vista a la ventana del piso superior y observé a Toni, que me miraba muy serio desde allí. Cuando me vio, sonrió y yo le devolví la sonrisa. Pisé un charco mientras me acercaba a la puerta por no mirar por donde iba. Mi madre cogió la fruta y me dijo:

−Así no pases, vas lleno de barro. Deja las deportivas aquí que ahora las limpiaré y sube a deshacer la maleta.

Desde la entrada, se veía la puerta entornada del salón, de donde salía el sonido de un partido de fútbol. Probablemente el padre de Toni estaba allí sentado en el sofá con una cerveza en la mano.

−Pero mamá, hay fútbol, lo hago después. ¿Vale?

Mi padre entró en ese momento y me empujó, no sé si aposta, al pasar.

−Ni hablar, no me hagas enfadar Julio. −Era increíble la capacidad de mi madre de transformarme de Julito a Julio según sus intereses.

−Además, Antonio esta leyendo en la habitación, así subes a verle −añadió la madre de éste mientras volvía a la cocina.

Miré mis pies, dejé de mala gana la bolsa a un lado, me descalcé, dejando los zapatos en el mismo lugar en el que habían caído, y comencé a subir las oscuras escaleras.

Como siempre, en aquella casa hacía frío en todas partes que no fueran las habitaciones. La humedad se metía en los huesos y esa sensación te acompañaba te encontrases donde te encontrases. Yo podía notar como crujía la madera enmohecida de los escalones cuando los pisaba y sentía bailar el pasamanos bajo mi peso. Toda la madera de la casa estaba pintada de blanco, si bien, desde que tengo uso de razón, la pintura cada vez se desconchaba más, sin que nadie se molestase en repintarla. A mi la casa me recordaba a un castillo hecho con cartas, como si se pudiera caer por menos de nada.

En la planta de arriba había tres habitaciones que daban al único pasillo. La primera estaba iluminada. Entré en ella empujando la puerta y Toni me miró, levantando los ojos del libro que estaba leyendo. El colgante que llevaba al cuello se balanceaba sobre las hojas haciendo círculos. Se trataba de una reproducción del famoso anillo del “Señor de los Anillos”, uno de los libros favoritos de Toni. Según pude ver, el libro que leía aquel día era “Matilda”. Eran las segundas vacaciones en las que llevaba aquel libro, por lo que me había dicho, lo había leído un millón de veces.

Estaba sentado sobre su cama, descalzo, con las piernas cruzadas y el libro apoyado en ellas. Lo cerró suavemente sin sonreír (y sin dejar de mirarme) y estiró las piernas. Yo terminé de entrar en el cuarto y cerré la puerta. Hacía muchísimo calor en aquella habitación. Pude ver que habían colocado dos radiadores eléctricos en los únicos enchufes que había. La casa, de construcción antigua, no tenía calefacción y sólo contaba con algunos de aquellos aparatos repartidos por las habitaciones y el salón.

−¿No te mueres de calor? −le pregunté quitándome la sudadera.

−Me muera o no de calor, mi madre opina que esta es la temperatura ideal de una casa.

La madre de Toni era una mujer sobreprotectora, exageradamente sobreprotectora. Siempre se pensaba que su hijo iba a caer enfermo y le prevenía contra cualquier catástrofe que le pudiera pasar. Era el principal motivo por el que el muchacho no salía apenas de casa. Tenía unas gafas de pasta negras, que agrandaban levemente sus ojos verde oscuro con los que seguía cada paso mío por la habitación mientras deshacía la maleta. Le noté algo raro, como si de repente fuera un desconocido que hubiera venido a invadir su cuarto. En un momento dado, sin hablarme, volvió a la lectura.

−Oye, ¿Te pasa algo Toni? −Me senté sobre su cama, abrazando mis rodillas con mis manos y poniéndome de frente a él.

Él me miró. Por un momento pensé que se iba a echar a llorar.

−No −contestó mientras se mordía el labio inferior.

Yo no dejé de mirarle hasta que entró mi madre en el cuarto, asustándonos levemente.

−Antonio cariño, ¿Qué tal? −Mi madre dejó su maleta en la puerta y se acercó a darle dos besos.

El chico volvía a sonreír como cuando había mirado por la ventana.

−Julito ya puedes bajar si quieres.

Di gracias a que mi madre no se había puesto a observar la colocación de la ropa en los armarios. No hubiera aprobado ni una sola de mis ordenaciones. Quizás, incluso hasta me habría hecho limpiar los cajones antes de meter algo. Estaría muy preocupada por la cantidad de polvo que tendría que limpiar en su propio cuarto antes de ponerse a deshacer las maletas.

−¿Vienes? −pregunté a Toni cuando mi madre se marchó.

−Quiero leer un rato más. Bajo luego. −Y esforzó una sonrisa.

No le dí más importancia, no le gustaba el fútbol, y bajé corriendo a ver el partido tras ponerme unas zapatillas limpias. Aquella noche, Toni no bajó a cenar. Cuando subí al cuarto, ya se había quedado dormido. Aunque no sabía por qué, tenía la sospecha de que estaba fingiendo.

1 comentario:

K dijo...

Y???

Eres enigmático, lo sabías???

...a good summer reading

^^