martes, 20 de abril de 2010

Arde León

Tuvimos que ir hasta el pueblo cuando nos enteramos de que mi tía había quemado la casa. Durante todo el trayecto yo me la imaginaba haciéndolo. Sabíamos que había sido por la noche, en ese momento le habría resultado fácil acercarse a la casa, total, en el pueblo no hay casi nadie entre semana. Sí, sin duda había sido por la noche, así los bomberos tardarían más en llegar. La imaginé aparcando el coche frente a la casa, dejando los faros encendidos para alumbrar algo la entrada. Hasta imaginé el aspecto fantasmal que debía tener la casa. Sin duda mi tía se quedó un rato apoyada en la puerta del coche, mientras el sonido de la radio inundaba la calle y bocanadas de vaho le salían por la boca. Seguro que sonreía. Tiene que haber sonreído, tenía que disfrutar con lo que estaba haciendo, sino no lo hubiera hecho. No creo que estuviese pensando en que aquella casa era la casa de su infancia, ni en que lo que estaba cometiendo era un delito.

No, no estaba seria ni triste, se reía. Seguro que dejó las luces encendidas a pesar de que apagó el coche. No le hacían falta, ella podía manejarse por la casa sin ninguna luz, pero quería verla, quería fijar en su retina la imagen de aquella construcción, absorbiendo su vida, su esencia. Estaba feliz de ser la última persona en ver la casa, esa casa siempre iría con ella. Una vez destruida, ella habría robado la esencia del edificio, con todos sus recuerdos y todos sus símbolos. Estaba plantada, digamos que ensimismada, casi contando cada ladrillo de adobe, cada teja, fijando en su memoria el tono blanquecino de los marcos de las ventanas. Eso sería suyo o de nadie. Sonreía, estoy seguro, y pensaba, quizás, en que puede que mi abuela no le hubiera dejado la casa en el testamento, pero que eso no importaba, que ella la había cuidado, la había limpiado y mantenido en pie durante los peores años de la enfermedad de su madre y que aquella casa le pertenecía. No quería la caridad de su hermano, quería todo.

Tampoco sé cuando se le ocurrió la idea de quemarla. Puede que al principio, cuando supo que mi abuela en el testamento solo la había dejado el dinero, pensara en comprarle la casa a mi padre, no lo sé. Puede que solo fuera hasta allí para despedirse de ella, o para recoger todo lo que considerase suyo antes de que cambiáramos la cerradura. O quizás, sí, quizás, ya lo tenía pensado. Puede que supiera que mi abuela no la había dejado la casa y tuviera todo planeado, que llevase los tablones de madera en el maletero y la botella de gasolina. Puede que buscara por Internet (esto puedo verlo claro, sentada frente al ordenador en el cuarto de su hija, con un cigarro en la boca y el cenicero plateado lleno de colillas apagadas, con los ojos rojos, tosiendo mientras lee), buscando por Internet la mejor manera de incendiar una casa. Y sonriendo, no podía imaginarla de otra manera, sonriendo y tosiendo. Es fácil imaginarla tosiendo, con los pulmones tan negros de toda una vida fumando tabaco rubio. Ella siempre fumó tabaco de hombre, así se le agravó la voz. Sí, ella llevaba la lata de gasolina en el coche y sonreía mientras miraba la casa. Ella había nacido en esa casa, pero no moriría en ella.

Seguro que apagó el motor, no quitó las llaves (ni apagó las luces) y entró en la casa. Mientras estaba sentado en el coche, podía oír el crujido de la puerta de la casa sin haber estado allí y el rechinar de las bisagras al cerrarse tras ella. No escuchaba la radio, ni a mi padre hablando con mi madre, yo oía la puerta, veía a mi tía. Espero que permaneciera un tiempo oliendo la casa, impregnándose de sus sonidos y de su alma, como una esponja soltada en medio de una bañera, quieta, sin toser ni sonreír.

Antes de entrar seguro que cogió la lata de gasolina, no creo que hiciera varios viajes, en el pueblo no había nadie, pero no podía perder mucho tiempo. No debió estarse quieta tampoco, ella sabía a lo que iba. Seguro que roció primero la mesa de la cocina y el banco donde mi padre siempre se echaba la siesta mientras ella fregaba. Sí, el banco puede que fuera lo primero en arder, estoy seguro que ella quería verlo arder, reflejándose en sus pupilas. Ella se imaginaba a mi padre allí tumbado, sin hacer nada. Puede que no fuera en ese tiempo cuando se le ocurrió quemar la casa, puede que la idea surgiera una tarde de aquellas en las que ella fregaba y fregaba mientras oía roncar a mi padre y escuchaba de fondo la vuelta ciclista a España. Puede que lo pensara cuando mi padre se despertaba, pisaba el suelo mojado y salía de allí sin ni siquiera disculparse. Sí, no quemó el banco porque no quisiera que la casa no fuera suya, quemó el banco porque la casa no era de mi padre. La casa era de ella y de su madre, de las mujeres que la habían limpiado, que se habían hecho callos limando la cal de las paredes para que cada verano fuesen blancas de nuevo. Las manos que habían fregado las baldosas donde mi abuelo y mi padre dejaban el barro que traían del monte. La casa era suya y mi tía quería que mi padre ardiera con el banco de la cocina. Era de madera, desde luego estaba hecho de madera para quemarlo, si no, sería de otra cosa que no ardiera. Luego tiró la cerilla. No lo hizo con un mechero, ni con un papel ardiendo, lo hizo con una cerilla, con una que cogió de la caja que mi abuela siempre guardaba encima de la chimenea, tenía que ser una de esas. Seguro que le costó encenderla, puede que no lo hiciera a la primera pese a tener práctica. Los nervios, el frío, la humedad de la caja, seguro que no prendió a la primera. Pero cuando vio la llama, cuando escuchó el crujido de la cerilla, seguro que fue cuando asumió que ya no había vuelta atrás. Seguro que se quedó mirando la llama, viendo en el fuego la casa arder, viendo en ese trozo de madera el fin de una historia, esa pequeña llama que salía de dentro se llevaría todo por delante. Estuvo tentada de dejarla apagar, de que aquel fuego no fuera el indicado, el perfecto, pero supo que no había marcha atrás, comprendió que lo iba a hacer y asumió todas las consecuencias. Pensó en lo mucho que lo estaba deseando y le temblaron un poco los dedos y las piernas, no podía moverse, quiso perderse en ese momento, sintiendo como se desinflaba su voluntad. Deseó que alguien soltara la cerilla, que se apagara o que la casa ya estuviera quemada, no podía esperar más. Finalmente, cuando sus dedos empezaban a enrojecer por la proximidad de la llama, soltó el palito, no lo lanzó, lo soltó, abriendo los dedos, sintiendo como, a la vez que la cerilla, muchas cosas caían. Notó como se liberaba de un gran peso, como si aquel trozo de madera hubiera pesado varias toneladas. Se sorprendió respirando hondo, como si hasta entonces no lo hubiera hecho, como si acabara de salir de una piscina. Persiguió la estela rojiza que dejaba la cerilla en el aire con la mirada, se podía ver en sus ojos la cerilla, el fuego, el odio, a mi padre en el banco, a mi tía fregando, el testamento, los nudillos corroídos, el barreño con la ropa, la nieve del invierno, el barro del monte, los perros por el jardín, las vecinas asomadas a la ventana, las luces del coche entrando por el cristal, la noche, la oscuridad, el fin de la historia, todo. Se podía ver todo en las pupilas de mi tía, todo mientras no perdía detalle de la caída, mientras observaba como las llamas se multiplicaban, como si de una saliera otra, como los agravios que su madre había soportado, uno llevaba a otro y al final, toda la casa estaba impregnada en ellos. Un humo negro surgió veloz, más veloz que el fuego, como si no fuera madera lo que quemaba, como si fueran sentimientos. Esa casa ardería rápido, estaba llena de recuerdos inflamables y de remordimientos. Los remordimientos arden más rápido que cualquier otra cosa.

Estuvo tentada a quedarse allí, de subir a su cuarto y echarse en la cama a esperar la muerte y la destrucción. Sabía que no moriría por las llamas, sabía que moriría aplastada por los recuerdos y el odio, pero no quiso morir. Por fin notaba que respiraba y nunca lo había hecho, pero quería quedarse y ver como ardía todo, quería ver la cara de mi padre. Hubiera preferido ver como ardía la casa en las pupilas de mi padre, seguro que lo deseaba, pero sabía que no llegaríamos a tiempo. Así que salió de la casa, se montó en el coche, apagó las luces y esperó.

Nosotros llegamos tarde, de madrugada, llegamos cuando solo había un cordón policial y varios bomberos, llegamos y allí no había coche, ni tía. Sólo bomberos y humo. Humo y un montón de escombros y ceniza, de madera caliente y adobe deshecho. Llegamos y mi padre preguntó qué había pasado, pero yo no presté atención, yo ya lo sabía.

2 comentarios:

Zorro dijo...

"Los remordimientos arden más rápido que cualquier otra cosa.": frase sublime, sin topicazos ni gaitas. ¡Pum! Un golpe seco contra el suelo de mármol. Además en el momento crucial.

NO hay pegas que ponerte. Si acaso decir que no veo punto de giro final, ni en el narrador (que desde el primer momento se espera lo que ha sucedido, y se lo imagina) ni en el personaje de la tía. Quiero decir, presentas la historia y planteas el conflicto, pero no hay cambios en los personajes y sus deseos. Por ejemplo, que los bomberos detecten que el fuego se originó en la cocina y fue por accidente, amén de encontrar el cuerpo carbonizado de la tía, sí sería un ejemplo de giro y final. No sé si me he explicado :)

Lo mejor, el tratamiento de los personajes y el empleo de los cinco sentidos. También la potencia de las imágenes que empleas es muy destacable.

Coincido con lo que te dijo ayer Alfonso: estás dando un estirón literario de la hostia, Alejandro. Sigue así, porque a mí ya me tienes enganchado a lo que escribes al 100%

white dijo...

Yo creo que sí hay giro,lo que pasa es que nos estás cotando la historia desde el futuro, ya ha pasado y te imaginas cómo y porqué, el giro está en el testamento de la abuela, que es lo que hace girar la historia, pero nosotros ya lo sabemos, es otra forma de contar.Limaría algunas cosillas, pero pocas y todo redondo. Estoy de acuerdo, caminas con pies de gigante. Besos