martes, 14 de julio de 2009

Tú y yo

Me desperté. Por la ventana abierta entraba el sonido apagado de un bolero cantado por Rocío Durcal. Alguna de las vecinas tarareaba la melodía con voz dulce. Contemplé el movimiento de las cortinas al compás de la brisa del atardecer y vi a través de ellas el anaranjado destello de las últimas luces del día.
Tú estabas sentado a los pies de la cama en aquella silla de caoba que tanto me recuerda a ti. Llevabas puestos los pantalones de lino blanco que te había regalado, y escribías algo en tu cuaderno. Tenías los pies descalzos apoyados sobre la cama, arrugando la sábana blanca bajo su peso. Me miraste cuando me moví con la certeza de que ya sabías que había despertado. Una vez más me quedé atrapado en la luz de tus ojos. Tenías una mirada clara y sincera, enmarcada en unos ojos marrones brillantes y puros, del color de la madera recién barnizada. Me sonreíste con dulzura, como sólo hacen los amantes cómplices de un secreto.
Cerraste el cuaderno con suavidad y lo dejaste sobre tu pecho desnudo. Te devolví la sonrisa y me volví a preguntar otra vez qué era lo que te ataba a mí.
La voz de Rocío Durcal se apagaba en la radio de la casa contigua y tu olor, como si hubiese estado esperando esa señal, llegó hasta mi nariz para hacerme sentir de nuevo cada una de las sensaciones que me provocaba desde el primer día. Era un olor dulce, cariñoso, como tú. Me hacía sentir protegido, seguro, invencible. Notaba como era un olor que me envolvía para abrazarme y penetrar en mí a través de las fosas nasales. Cerré los ojos para disfrutar de aquella sensación. Te levantaste, y caminando lentamente sin hacer ruido sobre las tablas de madera, te tumbaste junto a mí para rodearme con tu brazo desde la espalda.
Agarré tu mano y me la llevé a los labios para depositar un suave beso en ella. De nuevo tu olor, penetrante, fuerte. Como tú, como tus manos. Tenías manos de carpintero, manos rudas y grandes, pero sin embargo escribías poesía. Yo sabía que en aquel cuaderno estabas tratando de pintar lo que sentías por mí con palabras. Siempre te quejabas de no haber tenido mano para la pintura, como si fueses incapaz de hacerme feliz sin realizar un retrato de mi figura, de plasmar de alguna manera cómo me veías tú ante los demás.
Y no entendías que yo no necesitaba nada más que tenerte a mi lado, sin hablar. Que cada vez que despertara estuvieras allí, escribiendo algo, intentando pintar, abrazándome… Tener la certeza de que tu olor volverá a mí en algún momento, que al entrar en el baño tendré notas tuyas en el espejo… Saber que siempre podré regresar a aquella tarde de verano, que siempre podré oler tu cuerpo escuchando un bolero y que en aquel momento, abrazados en la cama, el mundo entero sólo éramos tú y yo.

6 comentarios:

Lila dijo...

que bonito... Cuando el olor se hace carne y nos abraza hasta hundirnos en su piel, respirar a alguien para llevarlo hasta lo mas profundo de nuestro cuerpo.
muy bonito :)

Marduk dijo...

Jo, Alej. Vas a hacer que me emocione. No se pueden hacer pucheritos en el curro. La gente te mira mal. Aunque por mí, como si se mueren todos. Excepto redactor-jefe, claro. :)

Marduk dijo...

O bueno, que se muera el también. Por indiota.

Camila Lorena Contreras Pereira dijo...

Me gusta como redactas, le das realismo a lo que escribes, no tiene la percepción de otra historia cursi.

Saludos :)

Mj dijo...

Se me han puesto la piel de gallina y todo...precioso Alej!!

Ms. Davis dijo...

bello, realmente belo, es facil enbolberse con palabras bonitas visualisar la ecena, me a gustado mucho, o quizas hechaba de menos el leerte, hace mucho que no pasaba por aqui