martes, 30 de junio de 2009

La resaca

Me levanté de nuevo sintiendo aquella maldita sensación de malestar. Comenzaba mucho antes de abrir los ojos. Mi corazón latía violentamente, haciendo palpitar mis sienes y mi pecho. Las manos me temblaban y las fuerzas me fallaban. Después venía el movimiento de la pierna. Era incontrolable. Quizás para paliar toda aquella energía, o toda esa actividad cardiovascular, mi cuerpo me urgía a moverme, a correr, a hacer algo. Ese deseo se transformaba en un cansino golpeteo de la pierna contra la cama, como si ella sola quisiera echar a correr, dejando al cuerpo con sus taquicardias sin sentido.
Luego, una vez mi mente tomaba conciencia del movimiento de la pierna, mis glándulas salivares respondían al estímulo del cerebro y llenaban de saliva mi boca. Las papilas gustativas hacían lo propio enviando información al cerebro para decir que me sabía la boca a cenicero. Una mezcla a humo, pavimento, cristal masticado, alcohol y toda clase de sustancias inimaginables. Siempre me da por pensar que así sabe la muerte. La muerte tiene el jodido sabor de la resaca.
Ese sabor hace despertar a mi estómago, que suele estar dispuesto a hacerme pasar un día bastante movidito entre la cama y el baño, pidiéndome comida, pero luego no digiriéndola en condiciones. Quizás sea su manera de vengarse por el alcohol de garrafón.

Pero eso no es lo peor. Lo peor es esa sensación que no se siente físicamente, pero que hasta llega a doler. Esa sensación de incomodidad. De que has hecho algo mal, que el mundo va como va por ti. Qué no haces nada con tu vida, que quizás no deberías salir tanto, que deberías dejar de beber.
Me senté en la cama y me puse las manos sobre la frente. Sudaba como un pollo. Puse una mano sobre la almohada empapada y me acerqué hasta el reloj que descansaba en la mesita. Apenas era mediodía. Sólo había dormido tres horas, pero tanto mi cuerpo como yo comprendimos que las taquicardias no me iban a dejar dormir.
Suspiré tirándome de nuevo sobre la cama. Estaba cansado y tenía mucho sueño, pero ahí estaba otra vez, con los ojos como platos. Si al menos consiguiera relajarme y olvidar esa maldita sensación de que hay algo que tengo que hacer y no he hecho…
Comencé a respirar relajadamente, tratando de obviar las rápidas respiraciones que me pedían los bombeos de mi corazón. Extendí los brazos a mi lado y comencé a imaginarme en otro lado. Me imaginé a tu lado. Inconscientemente sonreí, pero eso sólo aceleró el pulso de mi corazón. Eso no ayudaba así que cambié de estrategia.
Pensé en un prado, en hierba fresca sobre la que caminaba descalzo. Estaba desnudo, no tenía frío y sonreía. El fondo era azul, no se veía a nadie alrededor. Suspiré y aspiré el aroma dulce de las flores que colgaban de los árboles frutales que me iba encontrando a mi paso. Llegué a un jardín enorme, lleno de flores de todos tipos. Una brisa cálida soplaba sobre mi cuerpo, haciendo que se erizasen los pelos de mi nuca. Allí me imaginé tumbado, tratando de dormir. Cerré los ojos y respiré profundamente.

Mi pierna comenzó a dar golpecitos contra la cama. Iba a ser un día muy largo.

2 comentarios:

J. Jiménez Gálvez dijo...

El mejor método para que se pase la resaca es una buena cerveza fría. Mano de santo, oye

Martin Shwiff Garber dijo...

Agua con azucar.